Trump cumple 80 años: del carisma populista al declive de un proyecto político frágil

Trump cumple 80 años: del carisma populista al declive de un proyecto político frágil

El presidente más longevo de la historia estadounidense exhibe signos de desgaste físico y político a mitad de su segundo mandato

Donald Trump cumple este domingo 80 años, consolidándose como el presidente de mayor edad elegido en la historia de Estados Unidos. La celebración, una exhibición de artes marciales mixtas financiada con unos 60 millones de dólares bajo la cobertura del 250 aniversario de la Declaración de Independencia, ilustra con precisión el estilo de una presidencia que ha transformado radicalmente la estética institucional de la Casa Blanca.

Tres hospitalizaciones en 500 días

Más allá del simbolismo del evento, la realidad física del mandatario genera interrogantes legítimas sobre la viabilidad de su proyecto político. Trump ha requerido tres ingresos hospitalarios durante sus primeros 500 días de segundo mandato, una cifra que trasciende el ámbito del rumor para convertirse en un dato relevante de gobernanza.

La sostenibilidad del trumpismo —un movimiento de alcance global que pivota sobre la figura de su fundador— depende, en buena medida, de la salud de un octogenario cuyo comportamiento público resulta cada vez menos predecible.

El coste político de las promesas incumplidas

Las encuestas dibujan un panorama adverso. El respaldo ciudadano a la gestión de Trump ha alcanzado sus cotas más bajas, penalizado por lo que los analistas describen como una combinación de sectarismo, incompetencia y opacidad en el ejercicio del poder.

El desgaste tiene una explicación estructural: Trump llegó a la presidencia prometiendo el fin de las guerras indefinidas y el alivio económico para las clases populares, dos demandas surgidas al calor de las grandes crisis con que Estados Unidos abrió el siglo XXI —el 11-S y el colapso financiero de 2008—. El incumplimiento de ambos compromisos está pasando factura.

Ecos de Carter, Nixon y Biden

La comparación histórica resulta inevitable. En su discurso público, Trump oscila entre registros que recuerdan a varios de sus predecesores: declara «misión cumplida» con el eco del George W. Bush de Irak, invoca la «paz con honor» que Nixon utilizó para justificar la retirada de Vietnam, y en sus momentos de mayor exaltación recurre a un lenguaje que roza la retórica de la rendición incondicional propia de la Segunda Guerra Mundial.

La analogía con Jimmy Carter resulta especialmente pertinente: como el presidente georgiano, Trump se encuentra políticamente atrapado por la cuestión iraní, sin una salida diplomática clara a la vista.

La gerontocracia como problema sistémico

Cuando no habla, Trump ha sido captado dormitando en actos públicos, lo que inevitablemente evoca a su predecesor inmediato, Joe Biden, cuya retirada de la carrera presidencial estuvo motivada precisamente por dudas sobre su capacidad cognitiva.

El fenómeno apunta a un problema más profundo del sistema democrático estadounidense: la gerontocracia, es decir, la tendencia a concentrar el poder ejecutivo en candidatos de edad avanzada, con independencia del partido o la ideología que representen. Es una disfunción institucional que merece un debate racional, más allá de la polarización partidista que habitualmente lo impide.

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