En los pasillos del Museo Nacional de Arte de Cataluña, colgadas desde hace décadas en salas que Aragón nunca consideró suyas, las pinturas murales del Monasterio de Sijena aguardan un desenlace que se complica a cada semana que pasa. El 6 de julio, el MNAC comunicó por carta su intención de proceder, antes de agosto, a la devolución de las denominadas pinturas profanas, aquella parte del conjunto sobre la que no existe litigio judicial abierto, pues el museo catalán no recurrió en su día la orden de devolución correspondiente. Lo que podría haber parecido un avance se convirtió, casi de inmediato, en un nuevo frente de tensión.
Pedro Olloqui, director general de Cultura y Patrimonio del Gobierno de Aragón, lo explicó con claridad en una entrevista en Aragón Radio: el proceso ha entrado en una fase «crítica». La razón no es la voluntad de devolver, sino la forma en que se pretende hacerlo. «Autorizaremos el traslado de las pinturas profanas con las debidas garantías», afirmó Olloqui. «Debe haber un proyecto para ese traslado y un aseguramiento, y no conocemos ningún extremo». Sin documentación técnica, sin protocolo verificable, sin condiciones claras, la autorización aragonesa no llegará.
La vicepresidenta del Gobierno de Aragón, Mar Vaquero, ya había frenado la semana anterior la premura catalana, recordando que el 28 de julio se celebrará una reunión de la Comisión Patrimonial de Huesca para evaluar la propuesta. Serán los expertos quienes, una vez analizada la documentación preceptiva, determinen si el primer traslado puede ejecutarse en condiciones adecuadas. No es burocracia por la burocracia: se trata de obras de valor incalculable, frágiles por naturaleza, cuyo deterioro sería irreversible.
Lo que resulta más revelador, sin embargo, no es el debate técnico sino el político. Olloqui no rehuyó la cuestión de fondo: las autoridades catalanas han decidido, a su juicio, dividir «nuevamente» el patrimonio aragonés «por una explicación política». La distinción entre pinturas profanas y las de la Sala Capitular, sostuvo, carece de justificación patrimonial o científica. Ambos conjuntos presentan idénticas condiciones físicas y químicas, y su valor artístico es equiparable. La diferencia, según el director general, es simbólica: las pinturas de la Sala Capitular evocan el esplendor de la Corona de Aragón como proyecto político que contribuyó a la construcción de España, un relato que, afirmó, «el discurso independentista no puede soportar». En su lugar, se insiste en la noción de una «corona catalanoaragonesa» que, a su entender, reescribe la historia en beneficio de una narrativa contemporánea que margina a Aragón.
Es un argumento que merece ser sopesado con frialdad. La instrumentalización del patrimonio histórico con fines identitarios no es un fenómeno exclusivo de ninguna comunidad, y la racionalidad exige desconfiar de los relatos que convierten piezas de museo en banderas. Dicho esto, los hechos jurídicos son incontestables: el Tribunal Supremo ha reconocido la propiedad aragonesa de las pinturas, ha fijado su ubicación en el Monasterio de Sijena y ha declarado la viabilidad técnica del traslado. Esos tres puntos, subraya Olloqui, son «cosa juzgada y ley para las partes».
Pese a ello, Cataluña continúa interponiendo recursos ante la juez Rocío Pilar Vargas, del Juzgado de Instrucción número 2 de Huesca. Aragón, mientras tanto, ha comenzado a trabajar para ejecutar subsidiariamente la sentencia relativa a las pinturas de la Sala Capitular, anticipándose a nuevas dilaciones. El patrón se repite: argumentos técnicos de contornos difusos que, en la práctica, sirven para diferir el cumplimiento de una resolución judicial firme.
Al final de la entrevista, Olloqui permitió una nota de optimismo mesurado. Aragón, dijo, «nunca ha estado tan cerca como ahora» de ver el regreso de las pinturas murales a Sijena. «Sinceramente, creo que eso pasará próximamente, aunque aún queda mucho trabajo». Para los vecinos de la comarca del Cinca Medio, para quienes llevan años siguiendo este litigio con la paciencia que exige lo que se siente como una deuda histórica pendiente, esa frase es, a la vez, un aliento y una advertencia: la línea de llegada está a la vista, pero el camino hasta ella sigue siendo incierto.

