Cartografía del miedo: cómo un estudio de la UPV revela las zonas más inseguras para las mujeres en València

Cartografía del miedo: cómo un estudio de la UPV revela las zonas más inseguras para las mujeres en València

Hay lugares en la ciudad que generan miedo antes incluso de que ocurra nada. La playa de la Malvarrosa al anochecer. El Cabanyal en determinadas horas. Ciertas calles del centro que, sobre el papel, deberían ser las más transitadas y, por tanto, las más seguras. Un estudio internacional publicado en la revista Cities y liderado por investigadores de la Universitat Politècnica de València (UPV) convierte esa percepción difusa en datos cartografiables, y el resultado obliga a revisar algunos supuestos sobre cómo se mide —y cómo se ignora— la inseguridad urbana que padecen las mujeres.

La investigación abarca tres ciudades: València, Toluca (México) y Dublín (Irlanda). Para cada una de ellas, el equipo cruzó tres fuentes de información distintas: mapas colaborativos elaborados por la propia ciudadanía, publicaciones en la red social X y registros policiales. También comparó distintos momentos del día y de la semana, reconociendo que la geografía del miedo no es estática. En el caso valenciano, participaron 72 personas en la construcción de esos mapas; 59 eran mujeres, lo que representa el 81,9% del total, doce eran hombres y una prefirió no declarar su género.

Esa proporción no es un detalle menor. El estudio la defiende explícitamente como garantía de que los datos recogidos reflejan, de manera predominante, las experiencias vividas por las mujeres y sus propias evaluaciones del riesgo. Los participantes podían señalar lugares donde habían sufrido acoso sin que ello generase una sensación persistente de inseguridad, zonas percibidas como peligrosas aunque nunca hubiera ocurrido nada concreto en ellas, o ubicaciones mixtas donde ambas condiciones coincidían. En València, la investigación detectó una correlación especialmente intensa entre el acoso vivido y la inseguridad percibida dentro del conjunto de datos participativo.

El hallazgo más incómodo del trabajo no es el mapa en sí, sino lo que revela sobre los límites de las estadísticas oficiales. Los registros policiales son necesarios, pero insuficientes. Existen zonas de riesgo real que no aparecen en ningún informe porque las denuncias no llegan, porque el umbral de lo denunciable varía, o simplemente porque muchas mujeres no confían en que denunciar sirva de algo. «Combinar datos oficiales con información aportada por la ciudadanía y redes sociales permite identificar espacios donde las mujeres se sienten inseguras aunque apenas existan denuncias», explica Ana Belén Anquela, investigadora del Departamento de Ingeniería Cartográfica, Geodesia y Fotogrametría de la UPV y primera autora del estudio.

Su colega Eloina Coll, coautora del trabajo e investigadora del mismo departamento, lo formula con igual claridad: «Los datos policiales son imprescindibles, pero por sí solos no permiten comprender cómo experimentan las mujeres la seguridad en el espacio público. Incorporar la percepción ciudadana ayuda a detectar problemas que de otra forma permanecerían ocultos». Es una afirmación que debería interesar a cualquier administración que pretenda diseñar políticas urbanas con rigor y no solo con buenas intenciones.

Los mapas participativos mostraron resultados consistentes en las tres ciudades analizadas. Las redes sociales también aportaron información útil, aunque su fiabilidad depende del contexto local y del grado de uso de esas plataformas. Ninguna fuente, tomada de forma aislada, ofrece una imagen completa. La combinación de las tres sí lo hace. «Proporciona una visión mucho más completa de la violencia en los espacios urbanos y puede ayudar a diseñar políticas públicas más eficaces para prevenirla», subraya Ángel Martín, otro de los investigadores de la UPV que firma el estudio. En el equipo también participa Sandra Hernández Zetina, investigadora de la Universidad Autónoma del Estado de México y doctoranda en Ingeniería Geomática en la UPV.

Lo que este trabajo demuestra, en definitiva, es que medir bien la inseguridad exige escuchar a quienes la padecen. No como complemento sentimental a los datos duros, sino como fuente de información estructurada, georreferenciada y metodológicamente válida. La ciudad que emerge de ese ejercicio no siempre coincide con la que describen los informes oficiales. Y esa distancia, lejos de ser un problema de percepción, es precisamente el problema que hay que resolver.