El pasado martes, Mauricio Gómez Amín tomó un vuelo rumbo a Washington. No iba en visita de cortesía. El ministro de Comercio de Colombia recibió instrucciones directas del presidente Abelardo de la Espriella para encabezar las gestiones diplomáticas destinadas a lograr la suspensión temporal de los aranceles que Estados Unidos aplica a las importaciones colombianas. Detrás de ese viaje hay semanas de llamadas telefónicas, declaraciones calculadas y una reorientación acelerada de la política exterior colombiana que merece leerse con atención.
De la Espriella comunicó la medida a través de sus redes sociales, donde también informó haber mantenido una conversación telefónica con el secretario de Estado Marco Rubio. «Le reiteré mi solicitud para que sean suspendidos temporalmente los aranceles que afectan a los productos colombianos», escribió el mandatario, añadiendo que el Gobierno estadounidense tiene «toda la disposición» de estudiar la solicitud. La fórmula es, por supuesto, diplomáticamente ambigua: disposición a estudiar no equivale a compromiso de actuar.
El sábado anterior, De la Espriella ya había hablado directamente con Donald Trump en una llamada de diez minutos. Según el presidente colombiano, el norteamericano se mostró «supremamente cálido». En esa misma conversación, De la Espriella agradeció la ayuda humanitaria enviada por Washington —más de 26 millones de dólares, junto con equipos de rescate— tras el terremoto del 10 de agosto, que devastó el occidente del país. Colombia también aceptó asistencia de Israel, Ecuador y El Salvador, y rechazó la del resto de oferentes, una decisión que no es ajena al nuevo alineamiento geopolítico del Gobierno.
El contexto arancelario importa para entender la urgencia colombiana. Desde julio de 2026, Colombia enfrenta un arancel del 12,5% sobre la mayoría de sus exportaciones hacia Estados Unidos, elevado desde el 10% universal que la Administración Trump impuso inicialmente a más de cincuenta países. Algunas de las principales exportaciones colombianas —café, carbón— están exentas, pero el impacto sobre el resto del tejido exportador es real. «Nuestros empresarios están enfrentando momentos muy difíciles», reconoció De la Espriella, y en eso al menos no cabe discutirle la razón.
Lo que sí admite un análisis más matizado es la estrategia escogida para obtener ese alivio. En menos de dos semanas al frente del Ejecutivo, De la Espriella ha ejecutado una reorientación exterior de velocidad inusual: Colombia se adhirió al Escudo de las Américas —la estrategia de seguridad continental impulsada por Washington—, el Gobierno ofreció respaldo irrestricto a Israel e incluso reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, contraviniendo la posición histórica que Colombia había mantenido ante Naciones Unidas. Cada uno de esos gestos tiene un coste en términos de autonomía de política exterior, y conviene nombrarlo con precisión.
El contraste con la etapa de Gustavo Petro es deliberado y evidente. Aquella administración tensó al límite las relaciones con Washington; esta las descongela a ritmo acelerado. La pregunta que queda en el aire no es si el acercamiento es legítimo —los intereses comerciales de Colombia son reales y merecen defensa eficaz— sino si la velocidad y la profundidad de las concesiones ofrecidas guardan proporción con los beneficios que razonablemente cabe esperar. Una eventual suspensión de aranceles sería un gesto significativo, pero temporal por definición, y su obtención mediante una cadena de complacencias geopolíticas establece un precedente sobre el que vale la pena reflexionar.
Al final del día, Gómez Amín negocia en Washington con las cartas que su presidente ha ido colocando sobre la mesa durante estos once días de gobierno. Si la mano resulta ganadora, el alivio económico será bienvenido por los exportadores colombianos. Si no, el país habrá cedido posiciones en varios tableros simultáneos sin contrapartida tangible. La racionalidad de esa apuesta, más que la calidez de las llamadas telefónicas, es lo que merece seguimiento riguroso en las próximas semanas.

