Ceuta como síntoma: las vulnerabilidades estratégicas de España en un orden mundial más hostil

Ceuta como síntoma: las vulnerabilidades estratégicas de España en un orden mundial más hostil

Más allá de la frontera: una lectura geopolítica

La tentación recurrente ante una crisis como la de Ceuta es reducirla a un debate sobre política migratoria o gestión de incidentes fronterizos. El análisis geopolítico, sin embargo, apunta a una realidad más compleja y más incómoda. Las imágenes de estos días constituyen una prueba de estrés simultánea para la política exterior española, la relación bilateral con Marruecos, la cohesión del proyecto europeo y el relato que la nueva derecha global construye en torno a las fronteras y la soberanía. Ceuta no es, en este sentido, un episodio aislado: es una advertencia estratégica sobre el lugar que ocupa España en el orden internacional que está emergiendo.

Desde su integración en la Comunidad Europea en 1986, España disfrutó de algo parecido a una excepción histórica. La globalización económica, el paraguas institucional europeo y la relativa estabilidad del entorno mediterráneo permitieron que las cuestiones clásicas de poder, soberanía y seguridad quedasen relegadas a un segundo plano. La política exterior se convirtió en gestión técnica, sin apenas perfil estratégico ni debate público sostenido. La geopolítica parecía un asunto propio de otras regiones. Esa era ha concluido. La guerra ha regresado al continente europeo, el Mediterráneo occidental acumula inestabilidad en el Sahel, presión migratoria, dependencias energéticas y competencia entre potencias. España ocupa, precisamente, la posición geográfica donde convergen todas esas tensiones. Interpretar la crisis como un asunto migratorio equivale, por tanto, a quedarse en la superficie del fenómeno.

La dependencia estructural de Marruecos

La primera vulnerabilidad que Ceuta pone de manifiesto es de naturaleza geopolítica. Desde 2022, la política española hacia Marruecos ha perseguido un objetivo comprensible: estabilizar la relación bilateral y evitar la repetición de episodios como el de 2021. El resultado ha sido una cooperación más fluida, pero esa fluidez tiene un coste que conviene nombrar con precisión. Cuando la capacidad de controlar una frontera europea depende en medida significativa de la colaboración de un tercer Estado, la política migratoria se transforma en realismo geopolítico puro. Más de veinte socios europeos reproducen esta misma dinámica: apoyo operativo y financiero a cambio de respuesta securitaria y control fronterizo.

Marruecos es, al mismo tiempo, vecino, socio estratégico, policía migratorio y actor con intereses propios que no siempre coinciden con los de Madrid o Bruselas. Es una descripción tan precisa como incómoda. Además, Rabat ha mejorado sustancialmente su posición estratégica con Washington, se ha consolidado como referencia de lo que algunos denominan democracia iliberal en el norte de África y actúa como socio militar y puente en la relación regional con Israel. Ignorar esa complejidad en nombre de la estabilidad bilateral no elimina la dependencia: simplemente le concede carta de naturaleza.

Economía, energía y neomercantilismo en el Mediterráneo

La segunda debilidad es de carácter económico. La desglobalización genera inestabilidad precisamente porque no ha reducido la interdependencia real, sino que ha modificado las reglas bajo las cuales opera. La energía, la tecnología, las materias primas, las cadenas logísticas y los flujos migratorios se han convertido en instrumentos de influencia política en manos de los Estados. El comercio y la industria vuelven a ser palancas de negociación, también en el Mediterráneo. Argelia suministra alrededor del 35% del gas natural que importa España, sin que ello implique neutralidad argelina respecto a la cuestión del Sáhara Occidental. El riesgo para la seguridad energética española resulta particularmente relevante en un contexto europeo que busca sustituir el gas ruso.

A ello se añade la presencia creciente de China en la región. Tánger Med y Tanger Tech son dos infraestructuras portuarias e industriales concebidas para convertirse en la plataforma principal de exportación hacia el continente africano, operando al margen de los aranceles europeos. Los vecinos del sur han ganado agencia en la nueva competencia global, y España debe gestionar esa realidad sin los instrumentos de presión que tuvo disponibles durante la era de la globalización feliz.

El Estado de derecho ante la presión fronteriza

Existe una tercera brecha, quizá la más relevante desde una perspectiva liberal: la institucional. A diferencia de la crisis de 2021, la actual incorpora una dimensión jurídica inédita. La reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre las devoluciones en caliente no es un detalle técnico menor: introduce una discusión de fondo sobre los límites legales del control fronterizo y obliga a replantear la relación entre seguridad y Estado de derecho. El orden liberal construyó su legitimidad sobre la capacidad de garantizar simultáneamente derechos, seguridad y prosperidad. Ese equilibrio resulta hoy más difícil de sostener.

La creciente presión migratoria, el auge de los movimientos populistas y la percepción extendida de inseguridad llevan a una parte de la opinión pública a considerar que las restricciones jurídicas constituyen un obstáculo para la acción eficaz del Estado. No se trata de una discusión exclusivamente española: está presente en Francia, Alemania, Italia, Suecia, Países Bajos y Estados Unidos. La crisis de Ceuta obliga, de manera inexorable, a preguntarse cuánta frontera quiere proteger el Estado y qué límites jurídicos acepta para hacerlo. Responder a esa pregunta sin ceder al populismo ni al legalismo vacío de contenido es uno de los mayores desafíos que enfrentan las democracias liberales contemporáneas.

El uso político de las imágenes y la narrativa populista global

Ahí conecta esta crisis con su dimensión más política. Las imágenes de Ceuta —reales o manipuladas mediante inteligencia artificial— inundan las redes sociales y alimentan una narrativa que atraviesa todo Occidente. Trump en Estados Unidos, Meloni en Italia, Le Pen en Francia y AfD en Alemania llevan años sosteniendo una tesis convergente: las democracias liberales han perdido el control de sus fronteras, de sus instituciones y de su capacidad de decisión. Cada episodio fronterizo se interpreta de inmediato dentro de ese marco ideológico, con lectura doméstica y proyección transnacional. La batalla política que se libra en Ceuta no termina en Ceuta.

Lo que está en juego es una discusión más amplia sobre soberanía, seguridad y legitimidad democrática en el siglo XXI. Las democracias liberales no pueden responder a esa presión adoptando los métodos que critican, pero tampoco pueden permitirse ignorar las tensiones reales que la alimentan. El equilibrio entre eficacia y legalidad, entre seguridad y derechos, no admite soluciones simples. Precisamente por eso resulta tan tentador para el populismo, que siempre ofrece las más sencillas.

España ante una nueva época

La enseñanza que deja esta crisis es incómoda pero necesaria. España ha descubierto que opera en un mundo donde las dependencias cuentan más que las reglas, donde la geopolítica pesa más que las buenas intenciones y donde las democracias liberales afrontan presiones crecientes desde dentro y desde fuera. Un mundo más hostil, con una economía desglobalizada y neomercantilista, y con democracias que se deslizan progresivamente hacia formas iliberales de gobierno. Los territorios fronterizos suelen revelar antes que nadie los cambios de época. Lo que Ceuta está señalando, con toda la claridad que permiten las imágenes de estos días, es que España ha entrado definitivamente en una nueva.

Juan Luis Manfredi es catedrático de Estudios Internacionales e investigador del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Castilla-La Mancha.