Europa ante el choque del petróleo: quién compra más, quién sufre más y por qué el precio del crudo importa a todos

Europa ante el choque del petróleo: quién compra más, quién sufre más y por qué el precio del crudo importa a todos

Hay momentos en que un número basta para resumir la fragilidad de una era. El crudo Brent superó los 100 dólares por barril —85,9 euros— el miércoles pasado y se mantuvo firme en la jornada siguiente, sostenido por nuevos ataques contra el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz. No es un episodio aislado. Desde mediados de febrero el barril no ha bajado de los 70 dólares, y desde finales de 2025 acumula una subida del 65,7%. El mercado energético global lleva meses enviando una señal inequívoca, y Europa, estructuralmente dependiente del crudo exterior, no puede permitirse ignorarla.

La cadena de consecuencias es conocida, pero no por ello menos real. Un barril más caro encarece el diésel, la gasolina y el combustible para aviones. Esos incrementos se trasladan a las redes de transporte, presionan las cadenas de suministro y acaban repercutiendo en el precio que paga el consumidor en el supermercado, en la gasolinera o en la agencia de viajes. La inflación de la zona euro alcanzó el 3,3% en agosto, su nivel más alto desde septiembre de 2023, con los precios de la energía disparados un 14,3% en términos interanuales. En ese contexto, el Banco Central Europeo se prepara para elevar el tipo de depósito un cuarto de punto hasta el 2,50%, mientras los mercados de futuros atribuyen cerca de un 60% de probabilidad a una subida de la Reserva Federal el 16 de septiembre. La política monetaria reacciona, pero no puede sustituir a la política energética.

La pregunta relevante no es si el petróleo caro duele a Europa. Es cuánto duele, y a quién.

La Unión Europea importó 471,3 millones de toneladas de crudo en 2024. Su producción interna apenas alcanzó 15,5 millones de toneladas. La tasa de dependencia de las importaciones se situó en el 96,6%, según Eurostat. Casi cada barril que se consume en el bloque llega de fuera. Los principales proveedores en 2025 fueron Estados Unidos, Kazajistán y Noruega, cada uno con entre el 12% y el 15% de las importaciones totales, seguidos por Libia, Arabia Saudí, Nigeria e Irak. Solo en torno al 7% del crudo importado procedió de los países del Consejo de Cooperación del Golfo, lo que hace a Europa menos vulnerable que las economías asiáticas a una interrupción directa en el Golfo Pérsico. Sin embargo, esa distinción es engañosa: el petróleo se negocia en un mercado global, y una crisis en Ormuz encarece tanto el barril noruego como el saudí.

Por volumen bruto, Países Bajos importa más crudo que cualquier otro país europeo: 138,3 millones de toneladas de petróleo y productos petrolíferos en 2024. Alemania le sigue con 117,8 millones, España con 85,8 millones, Francia con 82,4 millones, Italia con 73,3 millones y Bélgica con 56,7 millones. Pero estos números, tomados en bruto, distorsionan más que aclaran. Róterdam es uno de los mayores centros energéticos del planeta. De los 138,3 millones de toneladas que entran por los puertos neerlandeses, 101,1 millones se reexportan hacia otros países europeos. Bélgica reexporta también más de la mitad de lo que importa. El volumen de entrada refleja la función logística del país, no su consumo real.

Alemania es el verdadero gran consumidor por la envergadura de su economía industrial y su red de transporte. Concentró el 20,1% del consumo final de petróleo y productos petrolíferos de la UE en 2024. Francia le siguió con el 15,3%, e Italia y España representaron cada una el 11,1%. Juntas, esas cuatro economías absorbieron casi el 58% del total del bloque. Son también, no por casualidad, las que más tienen que perder si el precio del crudo se consolida por encima de los 100 dólares.

El volumen, sin embargo, no es el mejor indicador de vulnerabilidad. Una economía grande puede absorber una factura energética elevada con mayor facilidad que una pequeña si su tejido productivo es diversificado y competitivo. La métrica más reveladora es el déficit comercial neto en energía como proporción del PIB. Y aquí el mapa cambia por completo.

Malta registró el mayor déficit energético del bloque en 2025, equivalente al 5,4% de su producción económica. Bulgaria le siguió con un 3,5%, Croacia con un 3,4%, Hungría con un 2,9%, Bélgica con un 2,6%, Luxemburgo con un 2,5% y Chipre con un 2,4%. Las grandes economías se situaron más cerca de la media: el déficit energético de Italia equivalió al 1,9% del PIB, el de España y Polonia al 1,7%, y el de Alemania y Francia al 1,5%. En el extremo opuesto, Dinamarca apenas registró un déficit del 0,1%, gracias a su producción nacional de petróleo y gas, seguida por Suecia con el 0,5% y Países Bajos con el 0,6%, cuya posición favorable refleja sus ingresos por refino y reexportación.

Hay una dimensión adicional que los agregados macroeconómicos tienden a ocultar: la estructura sectorial del consumo. Casi dos tercios del petróleo consumido en la UE se destinan al transporte. El transporte por carretera representó el 47,7% del consumo total en 2024, la aviación añadió otro 9,2% y el transporte marítimo un 8,4%. Esa composición es especialmente relevante para las economías del sur y las pequeñas islas mediterráneas. España, Portugal e Irlanda cubren con importaciones prácticamente el 100% de sus necesidades de petróleo —100,3%, 99,9% y 101%, respectivamente—. Malta importó el 99,6% de sus necesidades, Chipre el 97,3%.

Para estos países, el encarecimiento del combustible para aviones no es un dato abstracto. Golpea directamente a las aerolíneas que operan sus rutas turísticas, a los hoteles que dependen de cadenas de suministro intensivas en diésel, a los comercios y restaurantes que absorben costes crecientes de distribución. Las empresas turísticas pueden amortiguar una parte del impacto a corto plazo. Si el crudo se mantiene por encima de los 100 dólares de forma sostenida, sin embargo, lo más probable es que los costes acaben trasladándose al consumidor final: billetes de avión más caros, precios de alojamiento más altos, menor competitividad frente a destinos de larga distancia.

Dinamarca es la excepción que confirma la regla: con una dependencia del petróleo importado del 58,1%, es el país menos expuesto del bloque. Rumanía le sigue con el 77%, Hungría con el 83,5%. Italia se sitúa en el 89,8%, Alemania en el 96,9% y Francia en el 99,8%. La geografía de la vulnerabilidad energética europea no responde a la lógica del tamaño ni a la de la riqueza. Responde a la de la diversificación productiva, la eficiencia energética y, en última instancia, a decisiones de política industrial y de transición energética tomadas —o no tomadas— durante décadas.

El precio del Brent por encima de los 100 dólares no es solo un dato de mercado. Es un recordatorio de que la dependencia estructural tiene un coste, y que ese coste no se distribuye de forma uniforme. Las economías más pequeñas, más turísticas y más dependientes del crudo importado son las que pagan la factura más alta en proporción a sus recursos. Ignorar esa asimetría sería, además de un error analítico, una forma de demagogia por omisión.