Dos superpotencias asumen déficits públicos del 7-8% del PIB apostando por la inteligencia artificial como motor de productividad. Europa, en cambio, responde con su receta histórica: más integración económica.
En 1950, la Guerra de Corea transformó un conflicto regional en el primer gran laboratorio tecnológico de la Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética pusieron a prueba sus avances militares e industriales sobre el terreno, desencadenando una rivalidad que moldearía el equilibrio económico mundial durante décadas. Siete años después, el lanzamiento del Sputnik soviético sacudió la confianza estadounidense y provocó una movilización extraordinaria de recursos hacia la I+D+i, la educación y la industria aeroespacial. En ese mismo período, Europa elegía un camino diferente: el Tratado de Roma de 1957 apostaba por la integración económica como garantía de paz y prosperidad.
Setenta años después, la historia rima con inquietante precisión. El conflicto en Ucrania ha convertido el campo de batalla en un nuevo laboratorio: drones, satélites comerciales, guerra electrónica y análisis masivo de datos en tiempo real están redefiniendo los parámetros de la competencia tecnológica global. La irrupción de DeepSeek a comienzos de 2025 reforzó la percepción de que China es capaz de cuestionar el liderazgo tecnológico de Estados Unidos. La reacción no se hizo esperar.
Washington respondió con un conjunto de medidas orientadas a movilizar inversión privada a gran escala: refuerzo de incentivos fiscales, amortización inmediata de inversiones en I+D y despliegue acelerado de infraestructuras críticas, desde centros de datos hasta fabricación nacional de semiconductores. La apuesta es deliberada y costosa. Según el FMI, Estados Unidos mantendrá déficits públicos próximos al 7-8% del PIB hasta el final de la década, acumulando en torno a 25 puntos adicionales de deuda pública en 2030.
China sigue una estrategia radicalmente distinta en sus formas, pero idéntica en su ambición. El Gobierno chino ha reforzado su política industrial y ampliado el crédito público para acelerar la inversión en inteligencia artificial, semiconductores, robótica, computación avanzada y manufactura inteligente. Más allá de la competencia exterior, Pekín persigue también un objetivo interno de calado: sustituir un modelo de crecimiento sustentado durante décadas en la inversión en capital físico y el empleo por otro fundado en la productividad, la innovación y la acumulación de capital humano. Sus cifras de déficit son equivalentes a las estadounidenses.
A pesar de sus diferencias estratégicas, ambas potencias han llegado a la misma conclusión: el coste de quedarse atrás supera al de asumir un mayor endeudamiento. Toda la apuesta descansa sobre una hipótesis económica muy concreta, que la inteligencia artificial constituye una tecnología de propósito general capaz de elevar de forma permanente la productividad. Si esa hipótesis se confirma, el crecimiento futuro compensará el deterioro fiscal provocado por el esfuerzo inversor actual. Si no se confirma, las consecuencias para la sostenibilidad de las finanzas públicas de ambas potencias serán severas.
Europa constituye la gran excepción. Setenta años después del Tratado de Roma, su principal respuesta sigue siendo la integración económica. Los informes Letta y Draghi apuntan precisamente en esa dirección: profundizar el mercado único como principal palanca para reforzar la competitividad europea frente a Estados Unidos y China. Mientras ambas potencias han reformulado su política económica en torno a la inteligencia artificial, Europa confía en que una mayor integración económica, financiera y regulatoria sea la respuesta adecuada a la nueva revolución tecnológica. Es una apuesta legítima. Pero es la misma apuesta de siempre.
La historia económica ofrece aquí una advertencia que merece leerse con atención. La estrategia estadounidense de posguerra —tecnología, innovación, liderazgo científico— terminó consolidando la hegemonía económica de Estados Unidos tras el final de la Guerra Fría. La europea —integración, estabilidad, prosperidad compartida— garantizó décadas de paz y convergencia, pero no generó el dinamismo tecnológico que hoy se le exige. Las grandes potencias conservan su liderazgo no solo por perseverar en sus proyectos fundacionales, sino porque saben complementarlos con nuevas apuestas cuando el contexto histórico lo exige. Esa capacidad de adaptación es, precisamente, lo que está ahora en juego.
Víctor Ausín Rodríguez es técnico comercial y economista del Estado, y socio de aimTFP.

