España desde fuera: por qué el mundo ve lo que los españoles se niegan a reconocer

España desde fuera: por qué el mundo ve lo que los españoles se niegan a reconocer

Hay victorias que trascienden el marcador. La reciente conquista del Mundial de Fútbol por la selección española ha desencadenado, como era previsible, una cascada de elogios al combinado nacional. Pero algunos de los análisis más interesantes no se han detenido en el césped, sino que han utilizado el triunfo como punto de partida para hablar de algo más sustancial: el estado real de España y la llamativa incapacidad de los propios españoles para reconocerlo.

El comentario que mayor resonancia ha tenido en los últimos días apareció en el New York Times. Su argumento era tan sencillo como incómodo: España presenta una economía con buen comportamiento, ciudades extraordinariamente atractivas y una cultura de indudable pujanza, y sin embargo sus ciudadanos parecen incapaces de percibir ninguna de estas ventajas. Algunos análisis remiten al viejo fatalismo español, esa propensión histórica a la autodestrucción que, según el articulista, lleva más de un siglo sin conseguir su propósito. Otros, quizás más precisos, apuntan al malestar político como causa inmediata de esa distorsión perceptiva. Poco importa, en el fondo, si el origen está en la larga cadena de errores que arrancó con Fernando VII o en el hartazgo ante los excesos del Gobierno actual. El resultado es el mismo: desde fuera se ve un país con oportunidades reales; desde dentro, muchos ciudadanos solo perciben el ruido.

Esta brecha entre percepción interior y valoración exterior no es un asunto meramente psicológico. Tiene consecuencias económicas directas y mensurables, particularmente en las decisiones de inversión.

La prueba más reciente y elocuente la ofreció BlackRock, la mayor gestora de fondos del mundo, que señaló España como destino privilegiado de inversión con argumentos de una claridad casi pedagógica: mayor crecimiento económico relativo, mejores resultados empresariales, valoraciones atractivas y escaso posicionamiento de los inversores. Un conjunto de condiciones que, en circunstancias normales, desencadenaría un flujo masivo de capital. Y sin embargo, el nivel de exposición del inversor español a la bolsa española sigue siendo mínimo. El cabreo colectivo —comprensible en muchos aspectos, pero políticamente instrumentalizado hasta la saturación— impide un análisis sereno de los fundamentales. La emoción política está distorsionando el cálculo racional.

La alegría por la victoria futbolística será, como todas las alegrías colectivas, un paréntesis breve. Pronto volveremos a regodearnos en las miserias del debate público. Lo que sí podría tener un efecto duradero sobre la percepción general es un eventual cambio político que, hoy como cada semana, parece algo más cercano. Ese cambio, si se produce, tendría un impacto sobre la imagen inversora de España muy superior al de cualquier título deportivo. No tardaremos en comprobarlo.

Los resultados empresariales no admiten interpretaciones caprichosas

Más allá del debate político, los datos del primer semestre de las compañías españolas ofrecen una lectura inequívoca. El buen comportamiento de la economía española se está trasladando con nitidez a las cuentas de resultados, y aquellas empresas con mayor exposición al ciclo doméstico son las que mejor comportamiento registran. No hay misterio en ello.

El sector bancario constituye el ejemplo más ilustrativo. La bonanza económica le beneficia por todas las líneas de la cuenta de resultados simultáneamente: el crecimiento del balance por el incremento de los préstamos mejora los márgenes, el último repunte del euríbor actúa como gasolina adicional que se irá trasladando a los márgenes en los próximos trimestres, y las comisiones procedentes de partidas fuera de balance —fondos de inversión, seguros— siguen aportando de forma sostenida. La mora, por su parte, brilla por su ausencia. En síntesis, los bancos españoles están generando beneficios extraordinarios y todo apunta a que la tendencia continuará. No son los únicos: otras compañías ligadas al ciclo doméstico, desde alguna cadena de televisión hasta pequeñas empresas cotizadas, también han publicado resultados positivos en las últimas semanas.

Lo que resulta llamativo —y revelador del estado de ánimo del mercado— es que estos resultados hayan sorprendido a más de un inversor. Que lo previsible genere sorpresa es síntoma claro de que el mercado estaba infravalorado por exceso de pesimismo. Las valoraciones actuales de los bancos españoles, cotizando a menos de diez veces los beneficios estimados para el próximo ejercicio, siguen siendo atractivas incluso después de la reciente subida. Con los vientos de cola actuales, revalorizaciones del entorno del 50% en un horizonte de tres años no son un escenario descabellado: más de un 10% anual de crecimiento de beneficios, combinado con una moderada expansión del múltiplo si el mercado acepta pagar algo más por unas rentabilidades más elevadas. Desde la perspectiva del binomio rentabilidad-riesgo —que debería ser siempre la herramienta central de cualquier decisión inversora racional— hay pocas alternativas comparables en los mercados desarrollados.

El estrecho de Ormuz y la lógica transaccional de Trump

El contexto geopolítico añade otra variable al análisis. Con el bono americano en los niveles de rentabilidad actuales y el precio de la gasolina en Estados Unidos habiendo regresado casi a máximos en cuestión de días, la presión para alcanzar algún tipo de entendimiento entre Washington y Teherán se intensifica. Ni Irán ni Estados Unidos tienen incentivos reales para prolongar la tensión en torno al estrecho de Ormuz. Más allá de las estrategias de provocación mutua que ambos están ejecutando con calculada teatralidad, la realidad es que a los dos les conviene que el paso estratégico vuelva a operar con normalidad.

El acuerdo que se alcance no será definitivo ni estará exento de nuevas turbulencias. Pero los intereses convergentes son evidentes: Irán puede apuntarse la victoria del relato y difícilmente obtendrá condiciones mejores en otro momento; Trump, por su parte, ha recompuesto su imagen tras los últimos episodios de tensión y necesita que los mercados funcionen para sostener su narrativa de éxito económico. Una tregua de dos o tres meses que permita negociar el núcleo del acuerdo es el desenlace más probable.

Las consecuencias para los mercados son predecibles: el petróleo volverá a caer —es posible que esta haya sido la última vez que veamos el crudo por encima de los 100 dólares por barril durante una temporada—, la renta variable continuará su tendencia alcista y los bonos, con algo menos de convicción, probablemente recuperarán también algo de terreno.

El límite de Trump siempre ha sido el mercado. Su lógica absolutamente transaccional requiere que los mercados funcionen para seguir construyendo su relato de éxito. Es una ecuación simple, quizás demasiado simple para quienes preferimos el melodrama geopolítico, pero que con frecuencia olvidamos precisamente porque somos muy dados a él. No se ha roto nada estructural. Nadie quiere que se rompa.

En ese contexto, la bolsa española sigue presentando uno de los perfiles más atractivos entre los mercados desarrollados. Sería una ironía mayúscula que, después de todas las oportunidades que ha ofrecido en los últimos meses, el inversor se encontrara fuera del mercado cuando el Ibex 35 alcance los 20.000 puntos. No es una fecha imposible. Y tampoco sería una mala forma de comenzar el verano.