El Gobierno de Israel, presidido por Benjamín Netanyahu, aprobó este domingo de forma unánime el reconocimiento oficial del genocidio armenio, convirtiéndose en el trigésimo tercer país del mundo en admitir que las masacres perpetradas en 1915 contra la población armenia cristiana del Imperio otomano constituyeron un exterminio sistemático y premeditado. La decisión, anunciada por el ministro de Asuntos Exteriores, Gideon Sa’ar, a través de su cuenta en X, desencadena una nueva fuente de tensión diplomática con Turquía y Azerbaiyán, dos actores regionales con los que Israel mantiene vínculos estratégicos de distinta naturaleza e intensidad.
Un reconocimiento histórico largamente aplazado
En 1915, en pleno conflicto mundial, el Gobierno de los Jóvenes Turcos puso en marcha una campaña sistemática de ejecuciones, deportaciones masivas y marchas forzadas a través del desierto con el objetivo de eliminar a la población armenia —de confesión cristiana— asentada en la zona oriental de la península de Anatolia. El propósito declarado era construir una nación étnicamente homogénea y de religión musulmana. El resultado fue la muerte de aproximadamente un millón y medio de personas. La mayoría de los estudios históricos rigurosos califican sin ambigüedad estos hechos como genocidio.
Que Israel haya tardado más de setenta años en sumarse a ese consenso académico e internacional responde a una combinación de factores políticos bien documentados. Por un lado, la estrecha relación que el Estado hebreo mantuvo con Turquía durante sus primeras décadas de existencia —una alianza que se fue erosionando progresivamente con la llegada al poder del islamista Recep Tayyip Erdogan en Ankara. Por otro, la sensibilidad israelí ante cualquier equiparación que pudiera restar singularidad al Holocausto judío, el otro gran crimen de exterminio del siglo XX.
Sa’ar subrayó que Israel «cumple un deber moral de reconocer la verdad histórica y rechazar los intentos de negarla». Una formulación que, sin ser retóricamente excesiva, resulta políticamente significativa en el contexto actual.
La reacción de Turquía: más que un agravio simbólico
Turquía nunca ha aceptado la calificación de genocidio, aunque reconoce que se produjeron matanzas en el marco de los enfrentamientos étnicos de la Primera Guerra Mundial. Ankara considera que el término implica una intencionalidad sistemática que niega categóricamente. El reconocimiento israelí llega, además, en un momento de máxima hostilidad entre ambos gobiernos: desde el ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023 y el inicio de las operaciones militares israelíes en Gaza, Erdogan se ha convertido en el crítico más virulento de Netanyahu en el plano internacional, llegando a comparar la actuación israelí con la de Adolf Hitler.
La respuesta israelí tiene, en este contexto, una dimensión deliberadamente recíproca. Si Erdogan recurre al vocabulario del Holocausto para denunciar las operaciones en Gaza, Netanyahu le devuelve el golpe recordando a Turquía su propio pasado no reconocido. Es una lógica de represalia simbólica que, sin invalidar la legitimidad del reconocimiento en sí mismo, revela que el momento elegido no es políticamente inocente.
El dilema con Azerbaiyán: armas, petróleo y una queja contenida
Más delicada resulta la gestión de la reacción de Azerbaiyán, cuyo rechazo al reconocimiento del genocidio armenio obedece a sus propias tensiones históricas y territoriales con Armenia, centradas en el enclave de Nagorno-Karabaj. Bakú ha expresado su malestar en términos formales pero inequívocos: «La decisión del Gobierno israelí en lo que concierne al supuesto Genocidio Armenio es un asunto que nos preocupa hondamente», señaló en una declaración recogida por la prensa israelí.
Está por ver si la queja de Bakú se mantiene en el plano declarativo o deriva en represalias concretas. Los intereses económicos y estratégicos compartidos actúan, por el momento, como amortiguador. Pero la decisión israelí introduce una variable de incertidumbre en una relación que hasta ahora funcionaba con notable fluidez.
Una decisión correcta, con consecuencias calculadas
El reconocimiento del genocidio armenio por parte de Israel es, desde el punto de vista del derecho internacional y de la historia documentada, una decisión que se ajusta a los hechos. Que haya tardado tanto en producirse es, en sí mismo, un dato revelador sobre cómo los Estados subordinan con frecuencia la verdad histórica a la conveniencia diplomática. Que llegue ahora, en un momento de ruptura con Turquía y de máxima presión sobre la narrativa de Gaza, no invalida su contenido, pero sí obliga a leerlo en toda su complejidad.
Netanyahu ha dado un paso moralmente correcto. Las razones por las que lo da en este momento preciso son, como casi siempre en política exterior, bastante menos puras.

