Un fenómeno social que revolucionó la tauromaquia y se reconcilió, en el ocaso de su vida, con el hijo al que tardó décadas en reconocer
Manuel Benítez «El Cordobés» cumple este año noventa años de vida. Nacido en la pobreza extrema de la posguerra en Palma del Río (Córdoba), el torero que desconcertó a los puristas, llenó plazas y se convirtió en icono popular de los años sesenta y setenta llega a la vejez con un perfil más vulnerable y, según quienes le rodean, más reconciliado consigo mismo.
El hambre como punto de partida
La muerte de su padre durante la Guerra Civil marcó su infancia. El propio Benítez ha relatado en innumerables ocasiones que el hambre fue el centro de su existencia durante años, y que esa experiencia forjó un carácter desconfiado, orgulloso y ferozmente determinado a no regresar jamás al punto de partida.
Antes de vestir de luces trabajó como jornalero, albañil y recadero. Cuando comenzó a lanzarse espontáneo a las plazas en los años cincuenta, lo hacía sin formación reglada pero con una intuición escénica poco común. Entendió pronto que el espectáculo podía funcionar como escalera social en la España de la época.
Heterodoxia en el ruedo
Su estilo rompió con los cánones establecidos. El llamado «salto de la rana», sus desplantes temerarios y una sonrisa desafiante irritaban a los críticos más puristas al tiempo que fascinaban a un público masivo. Mientras los sectores tradicionales debatían si aquello era arte o espectáculo circense, las plazas registraban llenos absolutos.
Benítez no toreaba según las reglas académicas: toreaba a impulsos, con una energía que anticipaba en cierto modo la cultura pop que llegaría después. Fue, en ese sentido, un fenómeno difícilmente clasificable en las coordenadas culturales de su tiempo.
La construcción del mito
En los años sesenta y setenta, «El Cordobés» ya era un referente nacional. Administraba su imagen con cuidado, hablaba con el lenguaje del pueblo llano y cultivaba una accesibilidad pública que contrastaba con su hermetismo en la vida privada. Quienes le conocieron de cerca coinciden en describir esa dualidad: carismático ante las cámaras, complejo e inaccesible en la intimidad.
El largo conflicto con Manuel Díaz
Ningún episodio ilustra mejor esa contradicción que su relación con Manuel Díaz «El Cordobés», su hijo nacido fuera del matrimonio. Durante décadas, Benítez se negó a reconocerle públicamente. Mientras construía una vida familiar junto a Martina Fraysse, con quien se casó en 1975, su hijo buscaba el reconocimiento paterno en los ruedos y en los tribunales.
La negativa a reconocer a Manuel Díaz fue interpretada durante años como una decisión estratégica: aceptarlo públicamente implicaba revisar una parte del personaje construido con tanto esfuerzo. El orgullo y la necesidad de control parecieron imponerse durante mucho tiempo a cualquier otra consideración.
La vejez como desarmadura
La edad ha cambiado el cuadro. Divorciado de Martina Fraysse desde 2016, Benítez rehízo su vida sentimental junto a María Ángeles Quesada. Las intervenciones cardíacas y el paso del tiempo han suavizado, según su entorno, algunas de las aristas más duras de aquel carácter indomable.
El momento más significativo llegó en 2023, con el abrazo entre padre e hijo en Córdoba. La escena fue ampliamente difundida. «Él es mi hijo y yo soy su padre», declaró entonces Benítez. Una frase que, dicha a los noventa años, tiene el peso de todo lo que no se dijo antes.
La trayectoria de Manuel Benítez es, en definitiva, la de un hombre que utilizó el espectáculo para escapar de la miseria, construyó una leyenda a costa de blindarse emocionalmente y llega al final de su vida con la guardia, por fin, algo más baja.

