El ecosistema emprendedor español ante la prueba de la madurez: más capital, pero para menos

El ecosistema emprendedor español ante la prueba de la madurez: más capital, pero para menos

Una concentración que revela las grietas del sistema

La fotografía del primer semestre de 2026 es engañosamente optimista. El ecosistema de startups español captó 2.059 millones de euros en 193 operaciones, un 5% más en volumen y un 3% más en número de rondas que en el mismo período del año anterior, según el Observatorio de Startups de la Fundación Innovación Bankinter. Pero esos titulares agregados ocultan una realidad más incómoda: once megarrondas concentraron 1.197 millones, el 58% del capital total invertido, mientras que el mercado sin esas grandes operaciones cayó un 9%, hasta 862 millones. El crecimiento, en suma, no es sistémico. Es puntual, selectivo y, en buena medida, dependiente de unas pocas apuestas de gran envergadura.

Esta concentración no es un accidente estadístico. Es la expresión de una lógica inversora que se ha vuelto más exigente y, en cierto modo, más racional. Neuraltrust levantó 20 millones de dólares en ronda semilla; Theker cerró 85 millones en una Serie A; PLD Space captó 180 millones de euros en una Serie C. Ejemplos que atraviesan distintas fases pero comparten un denominador común: son compañías que han demostrado tracción, tienen equipos con credenciales y operan en sectores con narrativas globales convincentes. La tesis central que emerge de este semestre es clara: el capital existe, pero ya no fluye de forma indiscriminada. Fluye hacia donde percibe escala posible, y esa criba está redefiniendo quiénes sobreviven y quiénes se quedan en el camino.

La presión sobre las valoraciones y el riesgo del AI washing

La selectividad inversora tiene consecuencias directas sobre la dinámica de precios. Sonia Fernández, partner en Kibo Ventures, observa que las rondas tempranas se han inflado considerablemente: donde antes una ronda preseed podía situarse entre 1,5 y 2 millones de euros, hoy puede alcanzar los 5 millones, en parte porque las startups españolas compiten desde sus primeras semanas contra rivales europeos y estadounidenses igualmente bien financiados. El resultado es una polarización visible: las compañías disruptivas, con equipos de emprendedores en serie y en sectores de alto atractivo, concentran la atención y las valoraciones más elevadas, mientras que los negocios de software más convencional o con mayor carga operativa encuentran dificultades crecientes para levantar capital. La consecuencia lógica —y preocupante— es que esas valoraciones altas en fases tempranas generan una presión enorme sobre las startups si los ingresos no las justifican en rondas posteriores.

A esta dinámica se superpone el fenómeno del AI washing. Aristotelis Xenofontos, partner de Seaya Ventures, advierte que muchas compañías se presentan como empresas de inteligencia artificial cuando, en realidad, el grueso del trabajo sigue recayendo sobre personas que utilizan un software con alguna función automatizada marginal. La distinción importa, y mucho. Un sistema de agentes que recopila facturas, gestiona comunicaciones y toma decisiones bajo supervisión humana es, efectivamente, IA aplicada. Una persona que realiza el 80% del trabajo con un software que incorpora alguna automatización cosmética no lo es. El mercado, señala Xenofontos, empieza a distinguir entre ambos casos, y los inversores más sofisticados ya penalizan a quienes confunden el envoltorio con el contenido.

Deeptech: potencial real, camino largo

El interés por sectores como robótica, espacio, defensa y deeptech en general responde a una lógica comprensible: son mercados industriales de gran tamaño donde una tecnología que resuelve un problema relevante puede generar demanda masiva. El ejemplo que propone Xenofontos es ilustrativo: un sistema de conducción autónoma capaz de superar las limitaciones que impone la niebla encontraría compradores inmediatos porque el mercado —coches, flotas, infraestructuras— ya existe. El problema no es la demanda potencial. El problema es el recorrido: laboratorio, escalado, comercialización. Tres etapas que exigen capital paciente, especialización técnica y una tolerancia al riesgo que Europa, a diferencia de Estados Unidos, no ha cultivado con suficiente profundidad en su ecosistema de fondos.

Esta escasez de inversores especializados en deeptech no es un detalle menor. Es una debilidad estructural que limita la capacidad del ecosistema español —y europeo— para convertir innovación científica en empresas competitivas a escala global. No basta con financiar la fase inicial si no existen actores capaces de acompañar el proceso completo hasta la comercialización.

El problema de los exits y el vacío del growth equity

La concentración de capital en pocas operaciones y las valoraciones elevadas que genera crean otro problema aguas abajo: la dificultad para desinvertir. Pablo Santana, analista sénior de inversiones en Archipélago Next, observa que el camino lineal tradicional —ronda presemilla, semilla, seguimiento— se ha fragmentado, y que una valoración excesivamente alta en una fase temprana puede bloquear los pasos siguientes. A ello se añade el crecimiento del tamaño de los fondos de venture capital: donde antes existían vehículos de entre 3 y 10 millones, hoy es habitual ver fondos de 30 o 50 millones. Con esa escala, una salida por 6 millones carece de sentido financiero; se necesitan exits de 200 millones o más, y esas transacciones son raras y difíciles de ejecutar.

Francisco Hidalgo-Barquero, socio en Albia IMAP, matiza que la sequía de exits debe leerse con precisión: algunos análisis incluyen compañías que difícilmente merecerían la etiqueta de startup tecnológica, y si se observa el M&A en el sector tecnológico en sentido amplio, el dinamismo sigue siendo notable. Aun así, reconoce que el ecosistema adolece de una carencia estructural en lo que se conoce como growth equity: fondos capaces de cubrir el tramo intermedio entre el venture capital clásico y el private equity orientado a compras de control. Algunos fondos tradicionales empiezan a explorar ese espacio, pero todavía con incursiones testimoniales que no resuelven el vacío de financiación para las compañías situadas entre ambas etapas.

David López Da Lama, partner de Crea Inversión, señala la consecuencia directa sobre el ciclo del capital: muchos fondos aún tienen empresas pendientes de venta, lo que dificulta devolver dinero a sus inversores y, sin esas distribuciones, les cuesta volver al mercado para levantar nuevos vehículos. El resultado es un cuello de botella en las Series B y C, precisamente cuando las compañías necesitan tickets mayores para escalar internacionalmente.

Una recuperación gradual y selectiva

La mirada hacia el segundo semestre de 2026 combina, entre quienes siguen de cerca el mercado, actividad moderada y prudencia sostenida. Nacho Mateo, CEO de South Summit, prevé más movimiento, pero no una apertura generalizada: los inversores seguirán priorizando startups con métricas sólidas, crecimiento eficiente, ingresos recurrentes y capacidad de expansión internacional, con especial interés en software e IA aplicada, espacio, fintech, deeptech, salud y biotecnología. Fernández, desde Kibo Ventures, comparte el diagnóstico: hay capital, hay dealflow y hay proyectos de calidad. Las mejores compañías seguirán financiándose. La incógnita es cuántas de esas startups con ambición global serán capaces de trascender sus mercados locales de origen.

Esa incógnita no es retórica. Es el verdadero test de madurez del ecosistema español. Un sistema que genera rondas cada vez más grandes, pero que aún no ha demostrado que puede producir de forma sistemática empresas capaces de competir en la liga global, no ha completado su transición. El capital está. La exigencia, también. Lo que falta es cerrar el ciclo: más scaleups, más exits relevantes y más fondos especializados dispuestos a acompañar ese recorrido completo. Sin esos elementos, el optimismo de los titulares seguirá siendo, en parte, una ilusión estadística.