Dos estrellas, tres Balones de Oro y una generación sin fecha de caducidad

Dos estrellas, tres Balones de Oro y una generación sin fecha de caducidad

Hay momentos del fútbol que la memoria conserva con una nitidez casi fotográfica, y otros que el tiempo se encarga de difuminar sin piedad. El gol de Fernando Torres a Alemania en 2008, el de Iniesta en Sudáfrica, el baile a Italia en 2012, la rosca de Lamine en 2024: imágenes que resisten el paso de los años porque condensan algo más que un resultado. El resto, por más intenso que fuera en su momento, se borra. La memoria es finita y selectiva, y eso obliga a elegir con cuidado qué merece la pena retener de cada episodio colectivo.

De este Mundial, y de la lección impartida a Francia en semifinales en particular, cada aficionado extraerá su propia postal. Algunos recordarán la jerarquía de Laporte, Cubarsí y Rodri, o el magisterio de Olmo, o la frustración visible en los rostros de rivales que hasta entonces parecían imbatibles. Pero lo que resulta más difícil de articular, y por eso mismo más valioso, es la solidaridad, la madurez y la suficiencia colectiva que este grupo ha exhibido con una consistencia que trasciende el talento individual. El rugido de Cucurella cortando un balón en el último tercio, el rondo eterno que agota y desespera al adversario: ahí reside la esencia de lo que esta selección ha construido. Ya no es fácil determinar si este conjunto es más poderoso en ataque o en defensa, y precisamente esa ambigüedad es la mejor descripción de su grandeza.

Los ejemplos de generosidad interna abundan, aunque la mayoría quede relegada a los márgenes del relato oficial. No es un sacrificio menor el de Pedri, apartado del once durante dos jornadas consecutivas y consciente de que en la final volverá al banquillo, y que aun así sale a morder como un pitbull cuando le toca. No debe resultar sencillo para Llorente regresar al terreno del que le barrió Porro y ofrecerle un abrazo sin reservas. Ni para Nico Williams, que hace apenas unos meses compartía protagonismo con Lamine en la cima del fútbol europeo, conformarse con celebrar desde la banda con una alegría que tiene mucho de rabia contenida. Ferran Torres, goleador titular del Barça y objeto del deseo del PSG, cubre a Oyarzabal para que no se lastime, sin aspavientos. Y Merino, campeón de la Premier y finalista europeo con el Arsenal, cede terreno a Fabián con la humildad de quien sabe que merece más pero entiende que el proyecto colectivo está por encima. El secreto de este equipo es ser una familia de verdad, no de boquilla, y el artífice de esa cohesión es Luis de la Fuente, que la creó, la fomenta y la perfecciona con una discreción que el ruido mediático rara vez sabe reconocer.

La selección española ha logrado algo considerablemente más difícil que alcanzar otra final: ha construido una seguridad colectiva tan sólida que el nombre del adversario del domingo resulta, en cierto modo, secundario. Se comportará igual frente a quien sea, con la misma vocación de disfrutar y de hacer disfrutar, porque esa es la única filosofía que conoce este vestuario. Podrá ganar o perder, pero ningún equipo en este torneo ejerce su oficio con semejante convicción. Las calles de España lo certifican: un país entregado a la causa de un grupo que funciona más como un club cohesionado que como una selección de elegidos que se reúne por compromiso cada tres meses y entre convocatoria y convocatoria no se llama.

Este poderío colectivo genera consecuencias que, aunque a los propios jugadores les importen poco, dicen mucho sobre la dimensión de lo que está ocurriendo. La victoria sobre Francia eliminó de un plumazo a tres candidatos de peso al próximo Balón de Oro: Dembélé, que ya tiene uno en su vitrina, Mbappé y Olise. La excepción de 2010, cuando Messi se impuso pese a no ganar el Mundial, no tiene parangón ahora mismo. Los precedentes sugieren que quien levante el trofeo en Nueva York tendrá una alfombra roja tendida hacia el Théâtre du Châtelet. Y en esa carrera, España ocupa la pole. Fabián Ruiz sería el único jugador que, de coronarse, sumaría Mundial y Champions en el mismo año, aunque fuera de los círculos técnicos pocos le sitúan a ese nivel de reconocimiento. Si no es él, las alternativas se reducen: Rodri, que repetir sería lo más sencillo y probablemente lo más justo dado lo que está haciendo, o Lamine Yamal, a quien ya nadie puede ignorar. Los tres lo merecerían. En el lado inglés, Kane o Bellingham tenían sus opciones hasta ayer. Y en Argentina, si Messi conduce a la albiceleste a una segunda proeza consecutiva, negarle el galardón sería casi un sacrilegio.

El domingo hay mucho en juego, y no sólo en términos simbólicos. Una Copa reluciente y un Balón de Oro flotan en el horizonte. Pero quienes conocen este vestuario saben que, si les toca celebrar, lo primero que harán es mantear a De la Fuente, colocar en primera fila a cada jugador que no ha disputado un solo minuto pese a ser futbolista de primer nivel, y probablemente hacer una videollamada colectiva con Fermín, ganador sin medalla. Así se labra el futuro desde el presente. España no piensa únicamente en reinar el domingo; piensa en dominar una era. Esa ambición tranquila, sin estridencias ni proclamas, es quizás la señal más elocuente de que esta generación no ha hecho más que empezar.