Trump visita a Xi Jinping en un momento de vulnerabilidad interna, con la inflación al alza, los tribunales frenando su política arancelaria y el conflicto con Irán como telón de fondo
Donald Trump aterrizó este miércoles en Pekín para reunirse con el presidente chino, Xi Jinping, el jueves y el viernes, en lo que constituye una de las citas diplomáticas más trascendentes de su segundo mandato. El presidente estadounidense llega, sin embargo, en una posición de debilidad interna que complica su margen negociador frente a su principal rival estratégico.
Dos frentes abiertos, una misma cumbre
El segundo mandato de Trump ha estado marcado por dos conflictos paralelos: el militar con Irán —centrado en los bombardeos para frenar el programa nuclear de Teherán— y el comercial con China, articulado a través de una escalada arancelaria sin precedentes. Ambos están en tregua frágil. Y ambos convergen esta semana en Pekín.
Trump abandonó Washington el martes con una noticia adversa bajo el brazo: la inflación subió un 3,8% en abril, el mayor incremento en tres años, impulsada principalmente por los precios energéticos. El dato es consecuencia directa del bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del petróleo y el gas mundial, uno de los escenarios más costosos del conflicto con Irán.
Irán, una piedra en el zapato electoral
La guerra con Irán es profundamente impopular en Estados Unidos. Contradice las promesas de campaña del propio Trump y ya se hace notar en el bolsillo de los votantes, con las elecciones legislativas de otoño acercándose. «Vamos a tener una larga conversación sobre eso», adelantó Trump desde la Casa Blanca antes de partir.
China es un actor clave en este conflicto. Es el principal aliado internacional de Irán y su mayor comprador de petróleo, lo que la convierte en su principal financiador. Pero la economía china también sufre las consecuencias del bloqueo en Ormuz. «Él quiere que eso ocurra», afirmó Trump esta semana, refiriéndose al deseo de Xi de reabrir el paso marítimo.
La semana pasada, los ministros de Exteriores de China e Irán, Wang Yi y Abás Araghchi, se reunieron en Pekín. Wang Yi reiteró la importancia de mantener la libertad de navegación en Ormuz, lo que sugiere que Pekín tiene interés en una desescalada.
Las tensiones entre Washington y Pekín por el papel de China en el programa armamentístico iraní han sido constantes, aunque gestionadas con relativa cautela. Trump amenazó con aranceles del 50% tras informaciones sobre un supuesto envío chino de sistemas de defensa a Irán, pero dio marcha atrás tras recibir una carta de Xi negando el suministro. Washington también ha sancionado a refinerías chinas acusadas de comprar petróleo iraní y, la semana pasada, a tres empresas chinas por proporcionar imágenes satelitales para ataques con misiles. Pekín rechazó las sanciones.
Pese a todo, el representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, fue explícito en una entrevista con Bloomberg: «No queremos que esto haga descarrilar la relación o los acuerdos que puedan salir de nuestro encuentro en Pekín».
La guerra comercial, el frente de fondo
El verdadero pulso estratégico entre ambas potencias es el económico. Trump llegó a su segundo mandato decidido a rediseñar el comercio global mediante aranceles, pero la escalada mutua del año pasado derivó en un embargo técnico que no benefició a ninguno de los dos países.
Xi, lejos de ceder, encontró un arma de presión eficaz: el control sobre los minerales raros, de los que depende buena parte de la industria tecnológica estadounidense, y cuya exportación ha restringido como represalia.
La posición negociadora de Trump se ha visto además erosionada por los tribunales. En febrero, el Tribunal Supremo anuló la mayoría de los aranceles aprobados durante el primer año de su segundo mandato. La semana pasada, un tribunal federal hizo lo mismo con el arancel global del 10% que Trump había impuesto como medida alternativa mientras buscaba una nueva vía legal.
En este contexto, el presidente estadounidense no parece apostar por una guerra comercial total con China. Su objetivo en Pekín sería más modesto: prorrogar la tregua vigente y conseguir acuerdos concretos —como contratos de exportación de soja— que le permitan mostrar victorias ante su electorado rural de cara a las legislativas.
Una delegación empresarial de peso, con Musk como símbolo
Trump viaja acompañado de un grupo de grandes ejecutivos estadounidenses, entre ellos Tim Cook (Apple), Larry Fink (BlackRock, la mayor gestora de inversión del mundo), Kelly Ortberg (Boeing, que negocia un contrato multimillonario de fabricación de aviones) y David Solomon (Goldman Sachs).
Pero quien más atención concentra es Elon Musk. Su relación con Trump llegó a romperse públicamente, pero su presencia en esta delegación señala que la reconciliación es completa. Musk fue uno de los principales financiadores de la campaña de Trump y tuvo un papel protagonista en los primeros meses de su segunda administración.
Taiwán e inteligencia artificial, también en la agenda
Más allá del comercio y de Irán, la cumbre abordará asuntos de calado estratégico: las ventas de armas estadounidenses a Taiwán y la regulación de la inteligencia artificial, un terreno en el que la rivalidad sino-estadounidense se intensifica.
Trump se mostró optimista antes de partir. «Él es amigo mío, es alguien con quien me llevo bien. Van a ocurrir cosas buenas», declaró. Si los deseos se convierten en acuerdos concretos es lo que Pekín tendrá que demostrar esta semana.

