Un aviso rutinario durante el vaciado de un inmueble en la calle Nàpols de Barcelona derivó este viernes en un hallazgo que no suele aparecer en el inventario de un piso del Eixample: tres proyectiles antiaéreos, conservados en un estado que los técnicos describieron como bueno, esperaban entre los enseres de una vivienda del céntrico distrito.
La llamada llegó a los Mossos d’Esquadra a las 12.22 horas. Quienes realizaban las tareas de vaciado del inmueble toparon con los artefactos y, siguiendo el protocolo, alertaron a las autoridades sin manipularlos. Dos de los proyectiles medían 80 centímetros de longitud con un calibre de 76 milímetros; el tercero, algo más pequeño, alcanzaba los 40 centímetros con un calibre de 37 milímetros. Las dimensiones y características de las piezas apuntan a munición antiaérea de origen histórico, muy probablemente vinculada al conflicto que devastó España entre 1936 y 1939, cuando Barcelona sufrió bombardeos sistemáticos.
La respuesta policial fue inmediata y ordenada. Los agentes activaron la unidad de Tedax —especialistas en desactivación de explosivos y artefactos peligrosos—, que procedió a la retirada de los proyectiles y a su posterior neutralización en condiciones de seguridad controlada. En ningún momento fue necesario evacuar el edificio ni se registraron incidentes durante la operación.
Lo que este episodio pone de relieve, más allá de la anécdota, es la persistencia silenciosa de los residuos materiales de la guerra en el tejido urbano. Décadas después del fin del conflicto, sótanos, desvanes y viviendas en proceso de liquidación siguen deparando sorpresas de este calibre —en sentido literal y figurado— en las grandes ciudades españolas. La memoria histórica adopta a veces formas inesperadamente tangibles.
Las autoridades aprovecharon el incidente para reiterar una advertencia que nunca está de más: ante el descubrimiento de cualquier material explosivo o de artillería, la conducta correcta es no tocarlo, no desplazarlo y llamar de inmediato al 112. La tentación de manipular un objeto desconocido puede tener consecuencias irreversibles. La prudencia, en estos casos, no es cautela excesiva; es sentido común elemental.

