Tras la victoria de España en el Mundial, el coportavoz de Podemos Pablo Fernández compareció ante los medios luciendo la camiseta de la selección. Lejos de limitarse a celebrar el triunfo deportivo, aprovechó la ocasión para subrayar que Donald Trump había tenido que entregar el trofeo a uno de los países más comprometidos con la causa palestina, y para elogiar al equipo como un conjunto «diverso, multirracial, integrador y unido». La escena condensa con precisión una pauta que se repite con llamativa regularidad: una parte significativa de la izquierda española siente la necesidad de explicar qué idea de España está celebrando cuando anima a la selección, mientras que la derecha rara vez experimenta esa misma necesidad de justificación. La pregunta que plantea esta asimetría merece un análisis riguroso.
La explicación más documentada apunta a la historia reciente. El historiador Xosé M. Núñez Seixas ha señalado que la apropiación de la bandera, el himno y los símbolos nacionales por parte del franquismo dejó una huella profunda y duradera en la izquierda democrática española. Tras la dictadura, esa izquierda encontró serias dificultades para articular un nacionalismo español propio, claramente diferenciado del nacionalismo conservador heredado del régimen. Esa carga histórica ayuda a entender por qué una parte del espacio progresista sigue relacionándose con los símbolos nacionales de forma más cautelosa y, a menudo, más condicionada que la derecha.
Lo que revelan los datos del CIS
Para evaluar hasta qué punto esa herencia continúa pesando en la actualidad, los autores del análisis examinaron varias encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas sobre orgullo nacional. Animar a la selección no equivale exactamente a expresar orgullo nacional, pero ambos fenómenos están estrechamente relacionados, y los datos ofrecen pistas reveladoras. El primer hallazgo resulta previsible: la asociación entre orgullo nacional y preferencia partidista se mantiene estable durante décadas, con los votantes del PP concentrados de forma sistemática en la categoría de máximo orgullo, mientras que entre los votantes del PSOE predomina una expresión más moderada, aunque sigue siendo mayoritaria la opción del orgullo más elevado.
El segundo resultado es más revelador. Entre los votantes socialistas, cuanto mejor valoran al presidente del Gobierno en ejercicio, más probable resulta que se declaren muy orgullosos de ser españoles. Este efecto se observa tanto cuando el PSOE gobierna como cuando está en la oposición, aunque la relación se manifiesta con mayor nitidez durante el Gobierno de Zapatero. Entre los votantes del PP, en cambio, ese patrón no aparece en ninguna de las dos situaciones. Un tercer análisis, que amplía la muestra a diez encuestas equiponderadas y controla por múltiples factores —incluido el recuerdo de voto—, confirma que quienes se sitúan más a la derecha del espectro ideológico muestran una mayor probabilidad de expresar un orgullo nacional más intenso, con independencia del partido al que voten.
Los autores advierten con sensatez que estos datos no demuestran que un gobierno convierta a sus votantes en más patriotas: la relación podría deberse a otros factores, y las encuestas no permiten resolver la causalidad. Sin embargo, el patrón apunta a algo sustantivo: entre los votantes de izquierdas, el orgullo nacional declarado parece más sensible al contexto político y al proyecto que en cada momento se identifica con España. La diferencia entre izquierda y derecha no sería únicamente de intensidad, sino también de condiciones de expresión.
Este fenómeno tiene precedentes bien documentados. El historiador Alejandro Quiroga ha mostrado cómo los éxitos de la selección española entre 2008 y 2012 permitieron sustituir la antigua narrativa de la «furia y el fracaso» por otra asociada al éxito colectivo, la modernidad y el trabajo en equipo. Pablo Batalla, por su parte, ha argumentado que aquellos triunfos contribuyeron a renovar el repertorio simbólico del nacionalismo español y a popularizar una imagen más desacomplejada del país. Ambas lecturas apuntan en la misma dirección: los grandes éxitos deportivos funcionan como catalizadores de reencuadres identitarios que permiten a sectores históricamente incómodos con los símbolos nacionales apropiarse de ellos bajo nuevas condiciones.
La conclusión que se extrae de este análisis es más matizada que la que suele circular en el debate público. La dificultad histórica de una parte de la izquierda española no ha residido necesariamente en sentirse española, sino en construir y reconocer como propia una forma de españolidad distinta de la heredada del franquismo y posteriormente asociada a la derecha. Lo que cambia no es el sentimiento de pertenencia, sino la comodidad con que ese sentimiento se declara y se exhibe públicamente. Cuando Pablo Fernández celebra a la selección como un equipo «diverso, multirracial, integrador y unido», no solo ofrece una justificación de su apoyo: al formularlo en esos términos, contribuye activamente a construir el relato de una España con la que parte de la izquierda puede identificarse sin reservas. El gesto es, a un tiempo, descriptivo y constitutivo.

