Un joven de treinta años con formación académica, experiencia en medios y vínculos con círculos intelectuales italianos se convirtió esta semana en el centro de una investigación penal por instigación al delito con agravante terrorista.
Todo comenzó el domingo anterior, cuando una oleada de disturbios sacudió varias ciudades italianas. Las imágenes de escaparates destrozados, enfrentamientos con la policía y saqueos en establecimientos como el Foot Locker de Milán recorrieron los medios de comunicación de medio continente. Las autoridades italianas, conscientes de que las redes sociales habían actuado como correa de transmisión de la convocatoria, iniciaron de inmediato una investigación para identificar a quienes habían orquestado la movilización desde el anonimato digital.
Días después, la Fiscalía de Milán puso nombre y apellidos al sospechoso: Youssef Siher, italiano de origen marroquí, residente en la provincia de Brescia. La policía lo detuvo en Milán, en casa de una amiga, antes de que pudiera completar la convocatoria que él mismo había anunciado para el sábado siguiente. La cuenta de Instagram que se le atribuye, denominada ‘Movimento 17 ottobre’, en referencia a la fecha de inicio de las protestas, acumulaba casi 45.000 seguidores en el momento de su detención y había llamado a una «movilización permanente» cada sábado hasta la caída del Gobierno.
El perfil de Siher desmiente cualquier imagen de marginalidad. Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad de Milán, realizó prácticas como analista en el Observatorio sobre Oriente Próximo y el Norte de África del ISPI, el Instituto para los Estudios de Política Internacional, uno de los principales centros de pensamiento geopolítico de Italia. Colaboró de forma esporádica con el diario Il Fatto Quotidiano hasta el año pasado, trabajó como repartidor para Glovo en algún momento de su trayectoria y, desde enero de este año, se ocupa de evaluación y entrenamiento de inteligencia artificial en la empresa Mercor. Su tesis de máster abordó los movimientos islámicos en Marruecos y sus relaciones con el poder monárquico, y en fechas recientes había participado como activista en varias manifestaciones organizadas por los Jóvenes Pro-Palestina de Lombardía.
El último mensaje publicado desde la cuenta investigada, difundido el viernes por la tarde, cancelaba formalmente las protestas del sábado alegando las restricciones aprobadas por decreto ley el martes anterior, pero al mismo tiempo convocaba a los seguidores a salir a la calle en puntos que se comunicarían a las 14:30 horas. En pocas horas, ese mensaje recibió más de 23.800 «me gusta» y cerca de 3.000 comentarios, lo que ilustra el alcance real de la plataforma.
El ministro del Interior, Matteo Piantedosi, subrayó que Siher mantiene contactos con «ambientes radicales» y advirtió que la identificación del sospechoso demuestra que «la respuesta del Estado será inmediata contra cualquiera que piense que puede organizar agresiones y disturbios creyendo que podrá esconderse tras un pasamontañas o el anonimato de las redes sociales». El ministro de Defensa, Guido Crosetto, fue más explícito en sus redes sociales al señalar que Siher «no es alguien marginado, sino una persona muy bien relacionada que ha tenido muchas más oportunidades laborales y colaboraciones que la mayoría de los jóvenes de su misma edad», y añadió con evidente ironía que «se codeó con la élite de la intelectualidad italiana, y los resultados se han visto».
Mientras la detención se hacía pública, las calles de varias ciudades italianas volvían a llenarse de manifestantes aquel sábado, aunque con una intensidad notablemente inferior a la del fin de semana precedente. En Roma, la policía identificó a más de 260 personas y trasladó a 63 a comisaría; grupos de jóvenes vestidos de negro forzaron las entradas al Coliseo y protagonizaron enfrentamientos junto al Arco de Constantino. En el centro de la ciudad, muchos comercios habían cubierto sus escaparates con paneles de madera como medida preventiva, aunque la mayoría mantuvo sus puertas abiertas. En Via del Corso, el Foot Locker, escenario de los saqueos del domingo anterior en Milán, optó por cerrar completamente.
En Milán, los manifestantes intentaron alcanzar la plaza del Duomo sin conseguirlo, bloqueados por un amplio despliegue policial. En Turín, miles de personas marcharon con consignas contra el Gobierno y quemaron una fotografía de la presidenta del Consejo, Giorgia Meloni, en una jornada que incluyó cargas policiales y respuesta con piedras y botellas por parte de algunos manifestantes. También hubo movilizaciones en Nápoles, Florencia y Bolonia, cada una con sus propias reivindicaciones: la guerra, el gasto en armamento, el coste de la vida, el precio de la gasolina o la presión fiscal.
Fue también el primer sábado en que las fuerzas del orden aplicaron la nueva normativa aprobada por decreto ley, que permite retener en comisaría durante un máximo de doce horas a menores de dieciséis años en adelante cuando se les considere un riesgo para el orden público, incluso sin que hayan cometido delito alguno. Entre los retenidos, varios portaban pasamontañas, botes de espray y máscaras destinadas a ocultar su identidad. La medida, polémica desde su aprobación, comenzó así a desplegar sus efectos sobre el terreno, en una Italia que observa con creciente inquietud la deriva de unas protestas cuya naturaleza y alcance siguen siendo objeto de investigación judicial.

