Los "agentes prescindibles" de Moscú: cómo funciona el reclutamiento de bajo coste en la guerra híbrida rusa

Los «agentes prescindibles» de Moscú: cómo funciona el reclutamiento de bajo coste en la guerra híbrida rusa

Una serie de intentos de sabotaje en Düsseldorf y Múnich, y el hallazgo de drones cargados con explosivos cerca del aeropuerto de Leipzig, han llevado a las autoridades alemanas a concluir que las operaciones de desestabilización atribuidas a Rusia han entrado en una nueva fase. En el centro de esta estrategia aparece una figura que desafía las categorías clásicas del espionaje: el llamado «agente prescindible», un recluta efímero, anónimo y difícilmente rastreable hasta los servicios de inteligencia rusos.

¿Qué ha ocurrido exactamente y por qué alarma a Berlín?

Leipzig, Düsseldorf, Múnich: los incidentes se han multiplicado en pocas semanas, y la respuesta del gobierno federal alemán no se ha hecho esperar. Las autoridades han decidido cerrar el último consulado ruso en territorio alemán —el de Bonn— así como el centro cultural ruso de Berlín. Son medidas que revelan la gravedad con que Berlín valora la situación.

Moscú, por su parte, niega cualquier implicación. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, acusó a Alemania de querer «de nuevo» la guerra contra Rusia, una retórica que sigue el patrón habitual de inversión de responsabilidades. Las autoridades alemanas, sin embargo, no albergan dudas sobre el origen de las operaciones y las enmarcan en el modus operandi de la guerra híbrida que Moscú viene desplegando en los países europeos que apoyan a Ucrania.

El patrón no es nuevo ni exclusivamente alemán. En Polonia y Francia se han registrado episodios similares; el más llamativo, quizás, fue el caso de las «manos rojas» pintadas con plantilla en el Memorial de la Shoah de París, en mayo de 2024, una acción atribuida también a esta misma red de reclutas instrumentalizados.

¿Quiénes son estos «agentes prescindibles» y cómo se les recluta?

No se trata de espías profesionales en el sentido clásico del término. Jean-Marc Rickli, especialista en inteligencia del Centro de Política de Seguridad de Ginebra, los describe con precisión: «En la mayoría de los casos se trata de personas vulnerables o en situación de precariedad. La mayoría proceden de países de Europa del Este: Moldavia, Bielorrusia, Bulgaria, Rumanía o Ucrania». La motivación ideológica existe, pero es minoritaria; lo que mueve a la mayoría es el dinero, y las cantidades pueden ser modestas: desde unas pocas decenas de dólares por un grafiti hasta sumas más elevadas por acciones de mayor riesgo.

El canal de reclutamiento es, en su mayor parte, digital. Según Rickli, plataformas como TikTok o Telegram permiten identificar perfiles afines, establecer contacto de forma anónima, transmitir instrucciones por mensajería cifrada y remunerar a distancia. El coste para los servicios rusos es mínimo; la ventaja operativa, en cambio, es considerable.

Este método produce dos efectos que los analistas de inteligencia consideran especialmente valiosos para Moscú:

¿Por qué Rusia ha girado hacia este modelo?

La respuesta tiene una lógica histórica clara. Desde el intento de envenenamiento de Serguéi Skripal en 2018 —antiguo agente ruso refugiado en el Reino Unido— y, con mayor intensidad, desde la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, numerosos países europeos han expulsado masivamente a diplomáticos rusos y a personas sospechosas de mantener vínculos con los servicios de inteligencia de Moscú.

El resultado es que Rusia ha perdido una parte sustancial de su capacidad clandestina tradicional en Europa. La respuesta ha sido adaptarse: sustituir las redes de agentes profesionales, costosas y vulnerables a la expulsión diplomática, por un modelo de reclutamiento masivo, barato y difuso, apoyado en las redes sociales.

¿Qué ha cambiado respecto a los métodos de la Guerra Fría?

El contraste con el espionaje clásico es radical. Durante la Guerra Fría, reclutar a un agente exigía contacto personal, un largo período de acercamiento y la construcción paciente de una relación de confianza. Hoy, como señala Rickli, «en la era de las redes sociales, se puede contactar con cualquier persona en cualquier parte del mundo; esta digitalización supone un cambio radical con respecto a los métodos anteriores». Basta con que alguien publique un comentario de orientación prorrusa en un foro para convertirse en un objetivo potencial de reclutamiento.

Pero hay otro elemento que distingue estas operaciones del espionaje tradicional: la tolerancia al fracaso. En el espionaje clásico, la discreción era un imperativo absoluto; ser descubierto equivalía a un fracaso mayúsculo. Aquí, la lógica es diferente. El objetivo no es únicamente ejecutar un sabotaje concreto o recabar información; es también —y quizás sobre todo— mantener un clima de inestabilidad, desconfianza y ansiedad en las sociedades objetivo.

Rickli lo ilustra con un ejemplo directo: «Si tu objetivo es colocar ataúdes en las calles de París, quieres que los medios de comunicación le den cobertura precisamente porque buscas provocar un efecto psicológico en la población que genere una sensación de inseguridad». El fracaso operativo puede, en este marco, convertirse en un éxito comunicativo.

¿Pueden los países europeos hacer frente a esta amenaza?

Aquí reside el problema más difícil. La guerra híbrida, tal como la practica Moscú, no se apoya en armas convencionales ni en estructuras fácilmente identificables, sino en una combinación de sabotajes menores, desinformación, operaciones de influencia y acciones diseñadas para erosionar la confianza social. Los «agentes prescindibles» son, en este esquema, un recurso casi inagotable: fáciles de reclutar, baratos, intercambiables y potencialmente muy numerosos.

Eso es precisamente lo que hace que la amenaza sea tan difícil de neutralizar con los instrumentos jurídicos y de inteligencia convencionales. Hasta la fecha, ninguno de los países europeos que se han enfrentado a estas operaciones ha encontrado una respuesta verdaderamente eficaz. La pregunta sobre cómo defender el Estado de derecho y la seguridad colectiva frente a una amenaza que opera deliberadamente en los márgenes de la atribución y la prueba sigue, por el momento, sin respuesta satisfactoria.