Muere Sir William Heseltine, el arquitecto discreto de la monarquía moderna que ganó la confianza de Isabel II

Muere Sir William Heseltine, el arquitecto discreto de la monarquía moderna que ganó la confianza de Isabel II

Era australiano, tenía encanto natural y nunca había tratado con la prensa cuando llamaron a su puerta. Sir William Heseltine, fallecido a los 96 años, dejó una huella indeleble en la institución monárquica británica durante casi tres décadas al servicio de Isabel II. El Palacio de Buckingham lo despidió con profundo respeto, reconociendo en él a una de las figuras más influyentes —y más discretas— del reinado más largo de la historia británica.

Todo comenzó con una candidatura improbable. Cuando Heseltine se presentó al puesto en el gabinete de prensa del palacio, admitió sin rubor al responsable de selección que no tenía experiencia alguna con los medios de comunicación. La respuesta que recibió fue reveladora: «Probablemente consideren que eso es una ventaja.» Así arrancó una carrera que lo llevaría, con los años, a convertirse en el primer ciudadano australiano en ocupar el cargo de secretario privado de la soberana.

Sus primeros pasos en el mundo cortesano no estuvieron exentos de humor involuntario. Al sellar su visado en el aeropuerto de Sídney antes de partir hacia Londres, un oficial de aduanas le espetó con desenfado: «Amigo, la palabra ‘correo’ no lleva la T de cortesano.» Heseltine guardó la anécdota durante décadas, contándola con la misma sonrisa con que afrontó los momentos más tensos de su carrera.

A lo largo de los años sesenta, Heseltine fue comprendiendo que la monarquía necesitaba acercarse a los ciudadanos sin perder la solemnidad que la definía. Fue él quien impulsó los célebres walkabouts, esos recorridos a pie en que la familia real saludaba directamente al público en la calle, rompiendo siglos de distancia protocolar. La iniciativa transformó la imagen de la Corona ante millones de personas.

Pero el gesto más audaz llegaría en 1969. Heseltine concibió y promovió el documental sobre la vida cotidiana de los Windsor, una grabación sin precedentes que mostraba a la familia real en un registro hasta entonces inimaginable. Años después, con una franqueza que él mismo reconoció inusual en él, declaró al periodista Valentine Low: «Dejaré la modestia a un lado para afirmar que fui esencialmente la persona a quien se le ocurrió la idea y la llevó a cabo.» El documental sacudió la percepción pública de la institución.

Su filosofía era tan sencilla como difícil de ejecutar. «Si bien no era cometido de la monarquía ser demasiado vanguardista, tampoco podía permitirse quedar muy por detrás de los tiempos», resumió en más de una ocasión. Esa convicción lo llevó a defender, antes de que nadie se atreviera a plantearlo abiertamente, que la familia real debía pagar impuestos. También intervino con firmeza en crisis mediáticas, calificando de «disparatadas» ciertas especulaciones políticas sobre la soberana.

Isabel II, por su parte, le profesaba una confianza que trascendía el protocolo. Quienes los conocieron aseguran que la reina solía referirse a él con el apelativo afectuoso de «mi Bill». Esa complicidad se expresaba también en los detalles más cotidianos: cuando repasaban juntos la prensa matinal, la soberana toleraba de buen grado el estilo distendido de su colaborador, tan alejado de la rigidez habitual del entorno palaciego.

Los veranos en Balmoral dejaron episodios que Heseltine recordaba con visible deleite. Decidió dejarse barba durante una de aquellas estancias escocesas, y la reina, con su característica contención, le comentó suavemente: «Bueno, supongo que desde aquí arriba no está mal.» Él se afeitó antes de regresar a Londres. En las jornadas de caza en las Tierras Altas, el protocolo era igualmente inflexible: «Tienes que atrapar y rematar a cada ciervo herido, además de beberte la copita de whisky» que repartían a todos los presentes.

En octubre de 1975 llegó una de las pruebas más delicadas de su carrera. El gobernador general de Australia destituyó al primer ministro Gough Whitlam en una crisis constitucional que sacudió a la Commonwealth. La noticia llegó a Heseltine a las tres de la mañana. Su reacción fue la de un hombre que entendía perfectamente los límites de su función: «Pensé que a esa hora no iba a llamar a la reina cuando no podía hacer nada al respecto», prefiriendo informarle en persona durante el desayuno. Discreción antes que urgencia.

John Howard, ex primer ministro australiano, rindió tributo a Heseltine calificándolo de «un verdadero hijo de Australia Occidental que sirvió a su nación y a su soberana con gran distinción», subrayando que «el pináculo de su carrera fue ser secretario privado de Isabel II entre 1986 y 1990, manteniendo una impecable separación entre sus convicciones y sus consejos reales.» Una separación que, en tiempos de creciente confusión entre lo personal y lo institucional, resulta casi ejemplar.

Tras la muerte de la reina, Heseltine habló de ella con una emoción contenida que decía más que cualquier elogio formulario. «Creo que, como le ocurría a cualquiera que la conociera, salías de la habitación sintiéndote reconfortado», recordó. Bromista hasta el final sobre sus orígenes —señalaba que «ambos lados de mi familia llegaron en la primera flota de convictos, aunque me apresuro a añadir que ninguno lo era»—, se despidió de la vida pública con la misma ironía intacta con que había entrado en ella décadas atrás.