Pocas ciudades tienen la oportunidad de reimaginarse a sí mismas sobre un lienzo en blanco situado en pleno corazón urbano. Almería es, hoy, una de ellas. La llegada de la Alta Velocidad ferroviaria y el consiguiente soterramiento de las vías han liberado una franja de suelo que durante décadas actuó como una cicatriz que partía en dos el tejido de la capital andaluza. Ahora, con la aprobación por parte de la Junta de Gobierno Local del Avance de la Modificación Puntual nº 2 del Plan Especial del Sistema General de Reforma Ferroviaria, el Ayuntamiento abre un periodo de exposición pública para decidir qué hacer con aproximadamente 32.000 metros cuadrados que reescribirán la fisonomía de la ciudad. La pregunta no es menor: ¿qué tipo de espacio merece una capital que aspira a crecer con inteligencia?
La alcaldesa María del Mar Vázquez ha sido explícita al respecto. Descartando de entrada el modelo de «torres mastodónticas» que dominó el urbanismo expansivo de décadas pasadas, ha situado el objetivo en generar una «nueva puerta de entrada a la ciudad», un espacio que albergue, en sus propias palabras, «un ecosistema vivo de innovación, cultura, talento joven y zonas verdes que convivan armónicamente con la actividad privada». No habrá grandes superficies comerciales convencionales ni aparcamientos masivos que devoren el suelo horizontal. El nuevo documento rebaja un 29,24% la edificabilidad global respecto al plan vigente y limita el parque residencial a un máximo de 944 viviendas, frente a las 1.130 que contemplaba el planeamiento aprobado en 2012. La reducción no es cosmética: refleja una filosofía urbanística diferente, más atenta a la escala humana y a los usos colectivos que a la rentabilidad inmobiliata inmediata.
Este giro respecto al planeamiento concebido hace más de una década se oficializó en una jornada de análisis celebrada junto al Colegio Oficial de Arquitectos de Almería, que contó con la ponencia del urbanista José María Ezquiaga, Premio Nacional de Urbanismo. Ezquiaga valoró que las líneas del avance están «muy bien enfocadas» y aplaudió la apuesta por la complejidad urbana frente a un modelo monocultural basado casi exclusivamente en la vivienda. Su argumento central merece atención: «lo simple es menos resiliente que lo complejo». Una ciudad que concentra un único uso en un espacio estratégico se vuelve frágil ante los cambios económicos, demográficos o tecnológicos. No obstante, el urbanista introdujo matices relevantes: señaló la necesidad de ampliar al 20% el suelo destinado a residencia social para ajustarse a la normativa vigente, y recomendó no precipitar la implantación de los primeros usos, dotando al proyecto de «la máxima flexibilidad para que la zona pueda adaptarse orgánicamente a las necesidades que surjan a medio y largo plazo».
El decano del Colegio Oficial de Arquitectos de Almería, Luis Cano, coincidió en la urgencia de revisar el planeamiento de 2012, subrayando que las condiciones del ámbito ferroviario «han cambiado de forma sustancial». Cano centró el debate en el corredor estratégico que se dibuja entre la Avenida del Mediterráneo y la rotonda del Cable Inglés, y abogó por la convocatoria de concursos de ideas para definir la volumetría final de esa franja de terreno. Fue más lejos al lanzar una propuesta que merece considerarse con seriedad técnica: concentrar toda la edificabilidad en un único rascacielos de diseño singular, liberando así la máxima superficie horizontal posible para el disfrute ciudadano. La idea, heterodoxa en apariencia, responde a una lógica coherente: si hay que construir, que sea en altura y con ambición arquitectónica, preservando el suelo para quienes lo van a habitar a pie.
La dimensión ambiental del proyecto no fue un apéndice decorativo en el debate, sino uno de sus pilares centrales. El consultor ambiental Juan Pablo Rueda de la Puerta calificó la zona liberada como una «gran oportunidad climática» y defendió la viabilidad técnica de crear un corredor verde continuo que enlace con los parques de La Rambla y el Parque Nicolás Salmerón. El resultado sería, en términos cartográficos, una gran «Y» verde en el mapa de Almería capaz de mitigar eficazmente las islas de calor y mejorar de forma sustancial la calidad ambiental del centro histórico. En una ciudad mediterránea que afronta veranos cada vez más extremos, este argumento no es retórico: es una necesidad funcional que debería pesar tanto en la toma de decisiones como cualquier consideración económica o estética.
La perspectiva social y educativa la aportó Mariola Hidalgo, presidenta del Consejo Social de la Universidad de Almería, quien interpeló directamente a los participantes sobre qué necesita realmente la población ante el previsible incremento de viajeros que traerá la Alta Velocidad a la Estación Intermodal. Para Hidalgo, este espacio «no debe ser solo de paso, sino un escaparate ideal del talento local». Su propuesta concreta —un pequeño invernadero que muestre la agricultura de vanguardia almeriense, proyectos de jóvenes emprendedores o creaciones artísticas en pequeños módulos expositivos— puede sonar modesta frente a la escala del debate, pero apunta a algo que los grandes planes urbanísticos suelen olvidar: la identidad. Una ciudad que se transforma sin reconocerse en su propia historia corre el riesgo de construir un espacio genérico que podría estar en cualquier lugar.
Con el plan sometido a exposición pública y abierto el plazo de alegaciones, el Ayuntamiento ha expresado su voluntad de estudiar todas las propuestas ciudadanas. La afirmación de que «la mejor ciudad es la que se construye escuchando, debatiendo y aunando voluntades» suena bien, pero el verdadero test llegará cuando las presiones del mercado inmobiliario, los intereses particulares y los plazos políticos empiecen a tensionar un proceso que, por su propia naturaleza, exige tiempo, rigor y una notable resistencia a las soluciones fáciles. Almería tiene ante sí una oportunidad genuina. Aprovecharla bien requerirá exactamente lo contrario de lo que el urbanismo especulativo ha practicado durante décadas: paciencia, complejidad y la convicción de que el espacio público no es el residuo de lo que no se ha podido vender, sino el corazón de lo que una ciudad quiere ser.

