El término «populismo» se ha convertido en uno de los conceptos más invocados y menos precisos del debate político contemporáneo. Se aplica con igual soltura a Jair Bolsonaro en Brasil y a Narendra Modi en la India que a Bernie Sanders en Estados Unidos, Pablo Iglesias en España o Julius Malema en Sudáfrica. Esta promiscuidad semántica no es un defecto accidental del lenguaje periodístico: refleja una ambigüedad estructural que está en el corazón mismo del fenómeno. Los académicos tampoco se ponen de acuerdo: algunos definen el populismo como una ideología, otros como un tipo de discurso, otros como un modo de ejercer el poder. Sin embargo, casi todas las definiciones comparten un núcleo común: el populismo divide la sociedad en dos bloques antagónicos, el «pueblo puro» frente a las «élites corruptas», y construye sobre esa fractura su razón de ser política.
Lo que ha recibido menos atención analítica no es el discurso de los líderes populistas, sino la experiencia subjetiva de quienes los siguen. ¿Qué significa, para un votante concreto, sentirse parte de «el pueblo»? ¿Qué emociones activa esa identificación? ¿Qué fronteras traza y qué comunidades construye? Responder a estas preguntas exige ir más allá del análisis de los partidos y sus programas, y aproximarse a la psicología política de sus bases.
La eficacia política de un concepto vacío
Algunos investigadores han señalado que la vaguedad de «el pueblo» no es una debilidad del discurso populista, sino precisamente su mayor fortaleza. Al tratarse de un significante amplio y maleable, puede atravesar fronteras ideológicas y culturales, permitiendo que grupos muy distintos se reconozcan en él y se imaginen como parte de una misma comunidad. El mismo mecanismo opera con términos como establishment o «élites»: su indefinición los hace aplicables a adversarios muy diferentes según el contexto, sin que el mensaje pierda su carga emocional.
La composición concreta de «el pueblo» varía, en consecuencia, de forma radical según el movimiento que lo invoca. Marine Le Pen lo utiliza para referirse a quienes comparten una identidad cultural francesa, articulando políticas que priorizan explícitamente a los ciudadanos nacionales sobre los extranjeros. Vox, en España, apela sistemáticamente al «pueblo español» como categoría nacional y cultural. Sahra Wagenknecht, en Alemania —cuya posición política combina elementos de la extrema izquierda y la extrema derecha—, lo emplea para designar a los económicamente excluidos, a quienes «los políticos han olvidado durante años», y lo vincula a demandas de salarios más altos y mayor protección social. Lo que unifica estos usos tan dispares es la operación retórica, no su contenido: en todos los casos, «el pueblo» se presenta como un colectivo moralmente legítimo cuyos intereses están siendo traicionados por poderes que actúan en su contra.
Tan revelador como saber a quién incluyen los populistas en esa comunidad imaginaria es observar a quién excluyen. En la derecha, la línea divisoria tiende a ser cultural o identitaria; en la izquierda, suele seguir el eje de la clase social. Y algunos líderes van más lejos: Nigel Farage, el arquitecto del Brexit, llegó a declarar sin ambages que «nosotros somos el pueblo; el Partido del Brexit es el pueblo», convirtiendo la exclusión política en una exclusión ontológica. Quien no comparte el proyecto no pertenece, por definición, a «el pueblo».
Qué siente quien se identifica con «el pueblo»
Una investigación reciente ha abordado esta dimensión subjetiva con metodología mixta: el análisis de seis mil interacciones en comunidades digitales y treinta y tres entrevistas en profundidad con simpatizantes populistas de distinto signo ideológico. Los resultados revelan tres dimensiones en la identificación con «el pueblo»: la cognitiva —cómo se imagina el grupo—, la emocional —cómo se siente uno respecto a él— y la experiencial —cómo se vive la pertenencia en la práctica.
En la dimensión cognitiva, los seguidores tienden a representar a «el pueblo» como trabajador, merecedor y moralmente íntegro. Los simpatizantes de derecha anclan esa imagen en la pertenencia cultural; los de izquierda, en la identidad de clase. Pero la identificación no es meramente intelectual: está profundamente cargada de afecto. Los seguidores expresan lealtad intensa hacia sus líderes preferidos y, al mismo tiempo, ira y miedo hacia las élites, los adversarios y los grupos que perciben como amenaza. Sienten también un vínculo emocional genuino con los otros miembros de «el pueblo», ya sea en su versión abstracta —la comunidad imaginada— o en su versión concreta: las personas con quienes interactúan en foros digitales o en actos presenciales.
La dimensión experiencial es quizás la más relevante para comprender la durabilidad del fenómeno. La participación política —en mítines, manifestaciones o debates en línea— genera sentimientos de pertenencia, validación y propósito que refuerzan la identificación inicial y estimulan mayor implicación. El grupo no es solo una idea: es una red de relaciones que produce experiencias concretas de reconocimiento mutuo. Esto explica por qué el apoyo populista no se agota en la adhesión a determinadas políticas, y por qué resulta tan resistente a la refutación factual: lo que está en juego no es solo un programa, sino una identidad y una comunidad.
El análisis racional del populismo debe, por tanto, tomar en serio esta dimensión sin por ello legitimarla acríticamente. Que la identificación con «el pueblo» satisfaga necesidades reales de pertenencia y reconocimiento no convierte en verdaderas las narrativas que la articulan, ni justifica las exclusiones que producen. Comprender el mecanismo es el primer paso para evaluarlo con rigor, y para reconocer que las democracias liberales solo responden eficazmente al populismo cuando son capaces de ofrecer comunidad, propósito y representación genuina a quienes, por razones comprensibles, buscan todo eso en otro lugar.

