Una etiqueta que regresa
Veintitrés años han pasado desde que Donald Rumsfeld acuñó —o contribuyó a popularizar— la expresión Nueva Europa. Lo hizo en 2003 para designar a aquellos países del Viejo Continente que respaldaban la invasión de Irak impulsada por la administración estadounidense. Frente a la Vieja Europa, encarnada en la resistencia franco-alemana a la guerra, aquella Nueva Europa se presentaba como el relevo natural: dinámica, atlantista y dispuesta a alinearse sin reservas con la superpotencia.
Formaban ese bloque los países recién liberados del comunismo soviético —Polonia y la República Checa en primer término—, la Italia de Silvio Berlusconi y, con cierto protagonismo, la España de José María Aznar. Portugal completaba el cuadro, convirtiendo la península ibérica en lo que algunos analistas describieron entonces, sin pudor, como el portaaviones más fiable de Washington en suelo europeo.
Hubo artículos, conferencias y papers académicos que celebraban el rediseño del poder en Europa. Fue, en suma, el momento estelar de Aznar: la ilusión de que los astros se alineaban para que España ocupase un lugar central junto a la única hiperpotencia del mundo. Una ensoñación que duró poco.
El experimento que no cuajó
Las elecciones generales de marzo de 2004 disolvieron aquel proyecto con una rapidez que todavía incomoda a sus promotores. España votó en otra dirección, Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa y el revanchismo que aquella derrota sembró en el Partido Popular ha condicionado —para bien o para mal— buena parte de la vida política española durante dos décadas. El fracaso de la Nueva Europa no fue solo geopolítico; dejó una herida interna cuyas cicatrices siguen visibles.
Pero reducir aquel episodio a una anécdota histórica sería un error. El esquema conceptual que lo sustentaba —la división entre europeos atlantistas y europeos continentales, entre los que se pliegan a Washington y los que negocian con él— no desapareció. Simplemente esperó.
Europa en descomposición ordenada
Basta recorrer el mapa actual del continente para comprender que el diagnóstico de 2003 no resultó tan errado en su descripción de las tensiones, aunque sí en sus soluciones. Francia atraviesa una implosión institucional y social de proporciones difíciles de ignorar. Italia, gobernada por una derecha que ya no se molesta en disimular sus raíces, sigue operando con la lógica de la ópera: el caos aparente que, de algún modo, no llega a la tragedia definitiva. Alemania padece una depresión económica estructural agravada por el colapso de su modelo automovilístico ante la competencia china, y responde con la fórmula más inquietante que podía elegir: rearme acelerado combinado con austeridad presupuestaria, una combinación que la historia europea conoce demasiado bien.
El Reino Unido, mientras tanto, deambula entre sus nostalgias imperiales y la incomodidad de ser tratado por Washington como un vasallo ligeramente díscolo. Su Brexit no le devolvió la soberanía que prometía; le dejó, en cambio, una soledad estratégica de la que no sabe cómo salir.
En el flanco oriental, Polonia lidera desde el miedo. Los países bálticos y los nórdicos se preparan militarmente para un conflicto que esperan que no llegue a materializarse. Rusia, herida y peligrosa, aprovecha la cobertura que le proporciona la retórica de Donald Trump para consolidar su posición. Y Occidente, en este punto, debería tener la honestidad intelectual de reconocer su parte de responsabilidad: la Rusia que emergió del colapso soviético fue traicionada por unas promesas incumplidas y arrastrada hacia una deriva que hoy amenaza la seguridad colectiva del continente.
Ucrania, Oriente Próximo y el desorden global
Ucrania soporta una guerra que Trump describe, con su habitual frivolidad, como la causa del precio del combustible para los estadounidenses. Es una guerra de victoria imposible que, además, desplaza la atención del conflicto irresoluto con Irán. En Oriente Próximo, Israel y los palestinos permanecen atrapados en una encrucijada donde las opciones disponibles oscilan entre lo malo y lo peor, sin que ninguna potencia occidental muestre la voluntad política necesaria para romper el bloqueo diplomático.
El resultado es un orden mundial en transición acelerada, sin hegemonía clara, con instituciones multilaterales debilitadas y con democracias liberales que parecen más ocupadas en su propia erosión interna que en defender los principios que las fundaron.
España ante la encrucijada: la vieja idea regresa con nombres nuevos
Es en este contexto donde España se aproxima a unas elecciones que, más allá de la política doméstica, plantean una pregunta de fondo: qué papel quiere ocupar este país en el nuevo reparto del orden mundial. La respuesta no es neutral ni técnica; es profundamente política.
El tándem formado por Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal representa, en esencia, la reedición del proyecto de 2003: una España alineada incondicionalmente con Washington, dispuesta a reproducir la lógica de la Nueva Europa de Rumsfeld bajo nuevas siglas. Es una idea vieja presentada con retórica renovada. La pregunta pertinente no es si ese alineamiento es patriótico o no, sino si resulta racional en un momento en que el propio Washington, bajo la presidencia de Trump, ha demostrado tratar a sus aliados europeos con una mezcla de desdén y transaccionalismo.
Hay algo casi circular en esta historia. Rumsfeld cabalga de nuevo, como si los años no hubiesen enseñado nada. Y mientras tanto, Canadá —que resiste con dignidad las presiones de su vecino del sur— emerge, paradójicamente, como el referente más coherente de lo que podría ser una política exterior basada en principios y no en servilismo. La Nueva Europa, al final, puede que no esté en Europa.

