A pocas horas de que los brasileños acudieran a las urnas para decidir quién gobernará el país durante los próximos cuatro años, dos encuestas publicadas este sábado dibujaban un escenario de paridad casi perfecta entre Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal, y el presidente en ejercicio Luiz Inácio Lula da Silva. La aritmética electoral rara vez ofrece conclusiones tan incómodas para quienes buscan certezas: los datos no permiten, con rigor estadístico, anticipar quién se impondrá en el balotaje.
La consultora Datafolha, una de las más reputadas del país, atribuye a Bolsonaro el 51% de los votos válidos frente al 49% de Lula, con un margen de error de dos puntos porcentuales en ambas direcciones. La encuesta se realizó entre el viernes y el propio sábado, en pleno debate televisivo entre los dos candidatos, lo que añade una variable de contexto que conviene no ignorar. La segunda medición, elaborada por Quaest, confirma el mismo diagnóstico: diferencias que quedan absorbidas por el margen de error estadístico, sin que ninguno de los dos contendientes pueda reclamar una ventaja concluyente.
Lo que los números sí revelan con claridad es la trayectoria de las últimas semanas de campaña.
Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, había llegado a la segunda vuelta con un margen de dos puntos sobre Lula tras la primera ronda del 4 de octubre. Esa distancia, modesta pero real, se fue estrechando progresivamente a medida que el oficialismo intensificaba su estrategia de movilización y el presidente mejoraba sus índices de aprobación, que superaron por primera vez en meses a los de desaprobación. Los analistas atribuyen este repunte a una combinación de movilizaciones masivas y una campaña final más disciplinada y cohesionada por parte del entorno de Lula.
¿Qué decide realmente una elección tan ajustada?
Cuando dos candidatos llegan al día de la votación separados por una diferencia que cabe dentro del error estadístico, el resultado deja de depender de las grandes tendencias estructurales y pasa a ser función de variables mucho más contingentes: la capacidad de cada organización para llevar a sus votantes a las urnas, el comportamiento de los indecisos en el momento decisivo y el efecto de cualquier acontecimiento de última hora que altere el estado de ánimo del electorado. En ese sentido, el debate televisivo celebrado durante el período de medición de Datafolha podría haber tenido alguna incidencia, aunque cuantificarla con precisión resulta metodológicamente arriesgado.
Lo que el escenario brasileño ilustra, más allá de la coyuntura electoral, es la profunda fractura de una sociedad que no logra articular mayorías sólidas en torno a ninguno de los dos polos que se disputan el poder. Ni el populismo de raíz autoritaria que encarna la familia Bolsonaro ni el progresismo de Lula consiguen convencer a una mayoría inequívoca de los ciudadanos. El resultado, sea cual sea, llegará con una legitimidad aritmética estrecha y una tarea de gobernabilidad exigente.

