Comprar un coche de segunda mano exige algo más que mirar la carrocería. Exige actuar como detective.
Un estudio realizado por carVertical, compañía especializada en historiales de vehículos, ha cuantificado con precisión una sospecha que muchos compradores intuían: los dos fraudes más frecuentes del mercado de ocasión —la manipulación del cuentakilómetros y la ocultación de daños— no son fenómenos independientes, sino que aparecen sistemáticamente juntos. El análisis abarca 18 países europeos y, en el caso de España, examina todos los vehículos verificados a través de la plataforma durante 2025.
Los números son elocuentes. En el conjunto de los países estudiados, el 61% de los coches con kilometraje manipulado presentaban también registros de daños en su historial. En España, los vehículos que habían sufrido daños mostraban indicios de manipulación del odómetro en un 4,8% de los casos, frente al 3,1% de los coches sin historial de daños. Dicho de otro modo: un coche dañado tiene 1,5 veces más probabilidades de llevar el cuentakilómetros trucado que uno sin incidentes registrados.
La lógica económica que subyace a esta combinación es transparente. El kilometraje es uno de los primeros indicadores que utiliza un comprador para valorar un vehículo usado, y reducirlo artificialmente —práctica conocida como «afeitado»— permite presentar el coche como menos desgastado de lo que realmente está. Según el mismo estudio, los vehículos con kilometraje manipulado se venden de media un 26% más caros que coches comparables sin manipulación. Ese sobreprecio constituye el incentivo que perpetúa la práctica.
Cuando un vehículo sufre un accidente de cierta envergadura, su valor de mercado cae de forma significativa. Para recuperar ese valor —o incluso superarlo— algunos vendedores optan por una estrategia de doble filo: reparar los desperfectos de manera que no queden rastros visibles y, simultáneamente, reducir el contador de kilómetros para reforzar la imagen de un coche bien conservado. El resultado es un producto que parece impecable pero que esconde un historial comprometido bajo una carrocería reluciente.
La detección de uno de estos fraudes debería funcionar, por tanto, como señal de alerta para investigar la posible presencia del otro. La correlación documentada en 18 mercados distintos sugiere que no se trata de una coincidencia puntual, sino de una pauta consolidada entre quienes operan de mala fe en este segmento.
Ante esta realidad, la respuesta racional del comprador pasa por dos vías complementarias. La primera es consultar el historial completo del vehículo a través de plataformas como carVertical, Carfax u otras equivalentes, que permiten acceder a registros de daños, cambios de propietario, evolución del kilometraje y alertas sobre posibles manipulaciones. La segunda es someter el coche a una inspección física por parte de un mecánico independiente y de confianza, capaz de detectar señales que escapan al ojo no entrenado: diferencias en el tono de la pintura, soldaduras irregulares, juntas mal alineadas o componentes que no corresponden al modelo original.
El contexto importa. En España se venden cerca de dos coches usados por cada vehículo nuevo, lo que convierte este mercado en uno de los más voluminosos de la economía doméstica. Un mercado de ese tamaño, con transacciones que con frecuencia superan los varios miles de euros, requiere que la información fluya con transparencia y que los mecanismos de verificación estén al alcance de cualquier ciudadano. La existencia de fraudes estructurales y combinados no es una anécdota marginal; es un problema de confianza institucional en un sector que mueve una parte sustancial del ahorro de las familias.

