La investigación oficial abierta en Emiratos Árabes Unidos sobre el incidente del vuelo de Flydubai entre Dubái y Tel Aviv ha llegado a una conclusión inequívoca: el copiloto planeaba cometer un acto terrorista. Esta determinación, anunciada por el fiscal general emiratí Hamad Saif Al Shamsi a través de la agencia oficial WAM, despeja las dudas iniciales sobre la naturaleza del ataque y sitúa el episodio en un terreno de enorme gravedad institucional y de seguridad aérea.
El pasado miércoles, el vuelo FZ981 de Flydubai —174 pasajeros a bordo— sufrió una agresión en la cabina de pilotos cuando el copiloto atacó al comandante indio con el hacha de emergencia reglamentaria de la aeronave e intentó hacerse con el control del avión. El aparato perdió aproximadamente 17.000 pies de altitud en apenas un minuto, según los datos de Flightradar24, antes de que pasajeros y tripulación redujeran al agresor. El avión realizó un aterrizaje de emergencia en Tabuk, Arabia Saudí.
Uno de los elementos centrales que la investigación ha aclarado es precisamente el arma empleada. Las primeras informaciones apuntaban a una navaja de contrabando, hipótesis que los servicios de seguridad del aeropuerto de Dubái ya descartaron desde el principio, argumentando que los controles de revisión hacían imposible introducir cualquier objeto punzante en la aeronave. La confirmación de que el agresor utilizó el hacha de emergencia de la cabina —una herramienta obligatoria en la aviación comercial, diseñada para cortar metal o combatir incendios— valida esa versión y añade una dimensión perturbadora: el arma estaba a bordo por imperativo reglamentario.
La identidad del copiloto apunta, según fuentes saudíes citadas por la agencia AFP, a un ciudadano omaní identificado por varios medios como Hamam al-Hammami. Varios indicios previos sobre su perfil resultan especialmente relevantes. La CNN informó de que había sido apartado el año pasado de la aerolínea nacional de Omán por sospechas vinculadas a sus opiniones extremistas. Al Arabiya, citando fuentes próximas a la investigación, señaló que las autoridades omaníes ya habían determinado que el copiloto sostenía ideas radicales, y que su estancia en Siria —donde reside parte de su familia materna— generó sospechas de contacto con grupos yihadistas. ABC News añadió que el sospechoso habría sido hallado en posesión de material extremista durante su formación como piloto.
Pese a la contundencia de estos antecedentes, la fiscalía emiratí reconoció que la motivación concreta del ataque aún no ha sido establecida. Esta cautela contrasta con las declaraciones del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien afirmó desde el primer momento que el copiloto había sido víctima de un «adoctrinamiento islamista radical» y que su intención era estrellar el avión. Netanyahu también planteó una pregunta de fondo que merece atención: cómo logró este individuo sortear las restricciones israelíes que impiden operar en vuelos a Israel a pilotos procedentes de países sin relaciones diplomáticas con el Estado hebreo. Por su parte, el presidente estadounidense Donald Trump advirtió el jueves de que, si se determinaba alguna vinculación con Irán, el país recibiría una respuesta contundente.
Lo que este episodio revela, más allá de la heroicidad incuestionable de los pasajeros y la tripulación que redujeron al atacante, es una vulnerabilidad sistémica en los mecanismos de habilitación del personal aeronáutico. Que un individuo con antecedentes documentados de radicalismo —conocidos por las autoridades de su propio país— pudiera operar en una ruta internacional de alta sensibilidad política plantea interrogantes serios sobre los protocolos de intercambio de información entre Estados y las compañías aéreas. La respuesta a esos interrogantes no admite retórica: exige revisión normativa y cooperación institucional efectiva.

