Arabia Saudí activa alertas por amenaza aérea mientras Oriente Próximo acumula tensiones

Arabia Saudí activa alertas por amenaza aérea mientras Oriente Próximo acumula tensiones

Una explosión en Riad basta para recordar cuán frágil es la calma en Oriente Próximo.

Arabia Saudí emitió el viernes por la noche y en las primeras horas del sábado una serie de alertas de emergencia en todo el territorio nacional, incluida la capital, ante lo que las autoridades describieron como una «amenaza aérea hostil». Al menos una detonación se escuchó en Riad, aunque las autoridades saudíes no precisaron la naturaleza de los avisos ni la causa de las explosiones. No se registraron víctimas ni daños materiales de consideración cuando se levantaron las alertas. Fue la primera vez que la capital recibía semejante advertencia desde la última escalada con los rebeldes hutíes de Yemen, respaldados por Irán, grupo al que Arabia Saudí había atribuido previamente el lanzamiento de misiles y drones.

El episodio no ocurre en el vacío. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas advirtió ese mismo viernes de que la escalada militar de los hutíes «corre el riesgo de ampliar aún más el conflicto, amenazar la seguridad marítima y el comercio internacional», al tiempo que socava los esfuerzos de paz en Yemen. Los quince miembros del Consejo reclamaron una «cooperación práctica» para impedir que el grupo rebelde acceda a armas, financiación y entrenamiento procedentes de Teherán, e instaron a todos los estados a hacer cumplir el embargo de armas de la ONU. La advertencia es pertinente: cuando un actor no estatal recibe apoyo sistemático de una potencia regional, la responsabilidad de quienes miran hacia otro lado no es menor que la del patrocinador directo.

Desde Teherán llegó otra noticia que merece escrutinio. La televisión estatal iraní informó el sábado de la ejecución de Hossein Pedram, condenado por transmitir a la inteligencia israelí —el Mossad— información clasificada sobre instalaciones militares en la provincia de Isfahán, entre ellas bases de misiles. Según la versión oficial, Pedram fue detenido tras los ataques aéreos que Estados Unidos e Israel llevaron a cabo contra esos emplazamientos durante los doce días de enfrentamiento directo con Irán en junio del año pasado. La cadena estatal no explicó cómo habría accedido el condenado a esa información. Lo que sí resulta documentado es el patrón más amplio: el incremento sostenido de ejecuciones en Irán ha suscitado protestas reiteradas de organizaciones internacionales de derechos humanos, cuyas denuncias el régimen ignora con la misma regularidad con que las recibe.

En Gaza, mientras tanto, la violencia no cesa pese al alto el fuego acordado en octubre. El Ministerio de Salud del enclave y responsables del Hospital Shifa notificaron la muerte de dos hombres: uno en el barrio de Shijaiyah, en la Ciudad de Gaza, y otro —identificado como hijo del director general del Ministerio de Salud— mientras caminaba por el campamento de refugiados de Jabaliya, en el norte de la Franja. El Ejército israelí afirmó haber atacado a «varios operativos militares» y prometió más detalles. Desde la entrada en vigor del cese de hostilidades, el fuego israelí ha causado la muerte de más de 13.780 palestinos, según los servicios de salud del enclave. Las cifras son elocuentes por sí solas y no necesitan adorno retórico: reflejan una situación humanitaria que el propio Consejo de Seguridad califica de desesperada.

La UNRWA cifra en más de 280.000 los niños de Gaza que asisten a clases en tiendas de campaña o aulas gravemente dañadas. En un centro de Nuseirat, algunos alumnos se sientan sobre mantas en el suelo por falta de pupitres. Tawfiq al-Hourani, responsable del programa educativo de la agencia, señaló que el objetivo es recuperar las condiciones de escolarización de hace tres años, cuando la UNRWA gestionaba 182 escuelas completamente equipadas; desde entonces, ha desaparecido el 95% de esas instalaciones. Que algunas familias describan la vuelta a las aulas como un regreso a la rutina —una rutina que la guerra había borrado— dice mucho sobre la capacidad humana de resistencia, pero también sobre la magnitud de lo que se ha destruido.

La preocupación por las rutas comerciales atraviesa también la diplomacia regional. El ministro de Exteriores de Pakistán, Ishaq Dar, conversó el sábado con su homólogo iraní, Abbas Araghchi, para abordar el suministro ininterrumpido de energía y el tránsito seguro de buques mercantes. Islamabad tiene razones concretas para la inquietud: el repunte de los precios energéticos derivado de las tensiones regionales ha aumentado la presión sobre el Gobierno del primer ministro Shehbaz Sharif, hasta el punto de que un partido islamista ha amenazado con marchar sobre la capital si el Ejecutivo no reduce el precio del combustible. La inestabilidad geopolítica rara vez se queda en las fronteras donde se origina.

Desde Irán llegó también una noticia que ilustra la naturaleza del régimen con precisión casi quirúrgica. La Fiscalía de Teherán presentó cargos contra los organizadores de una carrera popular de diez kilómetros después de que un número de mujeres —el 5% de las participantes, según el responsable de Deportes de la ciudad— corrieran sin velo. La República Islámica exige a las mujeres cubrirse el cabello y vestir prendas holgadas en público; los sectores conservadores reclaman sanciones severas para quienes incumplan esa norma. Que el aparato judicial dedique recursos a perseguir a organizadores deportivos mientras el país afronta sanciones internacionales, ejecuciones controvertidas y una economía bajo presión revela, con claridad descarnada, las prioridades de un sistema que antepone el control social a cualquier otra consideración.

El día cerró con otra imagen de destrucción: el Ministerio de Defensa de Siria celebró el sábado un funeral por once soldados muertos el día anterior a causa de una explosión en Ayash, localidad de la provincia oriental de Deir el-Zour. Un nombre, una cifra, un funeral. En Oriente Próximo, estas noticias se acumulan con una cadencia que amenaza con normalizarlas. Resistir esa normalización —exigir explicaciones, mantener el escrutinio, no apartar la mirada— es quizá la única respuesta racional ante una región que no puede permitirse más indiferencia.